La técnica vocal del cantor litúrgico – Introducción

técnica vocal cantor litúrgico

Quien vive del canto se asemeja mucho a un deportista: Su oficio depende de su cuerpo en gran medida, por lo que el cuidado de la salud y el entrenamiento en la técnica deben estar insertados en los hábitos y en la vida cotidiana, aún cuando durante un tiempo no vaya uno a cantar en público. Sin embargo, hay un aspecto más que el canto y el deporte comparten que se parece más a un vicio que a una virtud, y es la tendencia a buscar llegar al límite. Podríamos comparar a un atleta exageradamente musculoso, con una soprano que no puede dejar de vibrar ampliamente y cuyo volumen es siempre altísimo.

Una persona cuyo trabajo es cargar cajas pesadas, muebles, o mover contenedores, es prácticamente un levantador de pesas, pues el deporte muy probablemente se derivó del oficio. De esta forma, el concierto se derivó de ocasiones en las que la música era natural e indispensable, como lo era en la Liturgia. Si quien carga muebles y mercancía pesada tiene músculos sanamente desarrollados, es porque estos han crecido según se ha necesitado, y tanto como pueden crecer de manera natural. Es probable que alguna vez se haya instruido a esta persona en las posturas adecuadas para levantar el peso y para sostenerlo, técnica que debe compartir con el deporte de levantamiento de pesas. Estas posturas se basan también en lo que es orgánico según la conformación y el funcionamiento del cuerpo.

No obstante, en el deporte, el levantador de pesas realiza la acción para entretener a un público, así como la soprano de concierto entretiene y ameniza a un público. Para divertir y asombrar puede justificarse el buscar el virtuosismo y llevar a lo “imposible” las habilidades. El cantor litúrgico en cambio está realizando un oficio, desempeñando una labor que lejos está de entretener. ¿Cuál es la forma correcta de cantar en la liturgia entonces? No puede ser la misma que para un concierto o una ópera. Tendría que ser de forma natural, pero con la técnica que permita una mayor calidad de la voz, porque la claridad del texto y de la intención de la música priman sobre la habilidad y la grandiosidad del instrumento del individuo.

Si el levantador de mercancía levanta peso para transportarlo de un lugar a otro, el cantor litúrgico canta para comunicar y realzar lo que está sucediendo en la liturgia, por lo tanto su voz tendría que ser clara, limpia y resonante, lo suficiente para asegurarse que es escuchada y el texto comprendido.

En lo que se refiere a la técnica vocal como tal:

  • La claridad se traduce en una dicción impecable y en la correcta afinación de la música,
  • la limpieza en la ausencia de vibratto, melismas o golpes de glotis innecesarios (entre otras mañas también muy comunes),
  • y la resonancia en el entrenamiento de la proyección, es decir en lograr un brillo adecuado y un sonido redondo que rebote adecuadamente en el templo.

Estas tres caracterísiticas trabajan con cualquier tipo de voz y con cualquier calidad, sea una persona dotada de un bello timbre que con frecuencia hace solos, o una persona que afina y canta en un coro. Así como un cantante profesional o experimentado ha de limpiar y buscar la modestia con su don, un cantante aficiando no puede menos que dominar los aspectos mencionados, de lo contrario estaría haciendo un trabajo mediocre.

En esta serie de artículos profundizaré más sobre las tres caracterísiticas desde mi experiencia como cantante profesional y cantora litúrgica, y ayudaré a quien quiera mejorar su técnica vocal con algunos consejos prácticos y propuestas de hábitos sencillos. Para Dios siempre lo mejor y lo más digno, incluso a la hora de cantar.

 

 

 

La espiritualidad del cantor litúrgico

Cantor litúrgico órgano Coro gregoriano música sacra misa

Excepto las melodías propias del celebrante y los ministros, las cuales han de cantarse siempre con música gregoriana, sin ningún acompañamiento de órgano, todo lo demás del canto litúrgico es propio del coro de levitas; de manera que los cantores de iglesia, aun cuando sean seglares, hacen propiamente el oficio de coro eclesiástico.Tra le Sollecitudini, 12.

Esta cita del Motu Proprio del Papa San Pio X nos recuerda un aspecto fundamental del oficio de cantor litúrgico que muy a menudo se olvida hoy en día: el cantar la liturgia hace parte del ministerio sacerdotal, y por ello, quien desempeña el oficio de cantor litúrgico está participando de cierta forma, del ministerio del sacerdote. En algunos lugares el cantor fue una de las órdenes menores del sacerdocio y en otros se consideraba parte de la orden sagrada del lector. En los cabildos catedralicios es frecuente que uno de los canónigos tenga la distinción de “cantor de la Catedral” siendo encargado de dirigir las Scholae Cantorum que hubiere.

En este orden, es imprescindible que todos quienes desempeñan este oficio reconozcan la dignidad de la que participan y la responsabilidad que ello les impone. Así como el sacerdote participa del sacerdocio eterno de Jesucristo al servir en el altar y renovar el sacrificio pascual de Jesús en la cruz, el cantor litúrgico participa de aquel “himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales” (Sacrosanctum Concilium, 83), y une su voz a la de “todos los coros celestiales” (Prefacio del Rito Romano). Así como el sacerdote ha de saber que el milagro eucarístico no le pertenece, y no debe modificar los textos establecidos por la Iglesia, así mismo el cantor litúrgico ha de saber que no le corresponde cantar según su gusto, sino aquello que la Iglesia dispone para cada momento de la liturgia.

¿Cuál ha de ser la espiritualidad particular de quien se dedica al oficio de la música litúrgica? Tomando las características de la Música Sacra expuestas por San Pío X en el Motu Proprio antes mencionado, quisieramos proponer un esquema muy elemental.

El cantor litúrgico debe ser santo

De igual forma que la Música Sacra, que “debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo profano”, quien se dedica al ministerio del canto en la liturgia de la Iglesia debe llevar una vida santa, y trabajar por excluir de ella toda mundanidad, todo afecto por sí mismo o por las realidades temporales que pueda ensombrecer su intención a la hora de servir a la Iglesia. Por eso es que en el mismo documento, el Papa Sarto establece que “no se admitan en las capillas de música sino hombres de conocida piedad y probidad de vida, que con su modesta y religiosa actitud durante las solemnidades litúrgicas se muestren dignos del santo oficio que desempeñan.”

Tal vez la mayor tentación que persigue al músico es la de la vanagloria. En los diálogos de Fray Juan de los Ángeles se narra que “cantando en una iglesia unos músicos con gran destreza y armonía, un santo que se halló allí en aquella sazón vio a un demonio en lo alto de la capilla mayor, que con la mano izquierda tenía un costal abierto y con la derecha recogía las voces y las metía en él, hasta que se le hinchó. Acabado el oficio, los músicos, como tienen de costumbre, comenzaron entre sí a alabar sus motetes y canto de órgano,[…] el siervo de Dios que oyó la plática, llegose a ellos y les dijo: “muy bien habéis cantado, supuesto que quedó lleno el costal”. Admirados de esto y sabido por qué lo decía, se confundieron mucho, y se avergonzaron de lo que poco antes se estaban gloriando”.

Pocos artistas tienen menos para gloriarse a sí mismos que los músicos. Pocos artístas dependen más de sus precondiciones físicas que el músico. Desde el “oído”, o sea la capacidad de la persona para reconocer alturas y afinarlas, hasta la fisionomía que determina el registro, timbre y color de su voz, pasando por sus capacidades motrices y de coordinación si además toca un instrumento. Ciertamente muchas de estas condiciones dependen de la educación musical recibida desde niño y el esfuerzo que el músico haga para mejorar sus habilidades y entrenar su cuerpo, pero en todo caso, todo lo que el músico logre respecto de su arte, es un don recibido sin merecerlo.

La vida del músico católico ha de ser de una permanente oración y vigilancia de sus propios deseos e intenciones. Recordar que todo cuanto ha recibido es de Dios y nada de cuanto se le ha dado a entonar le pertenece realmente. Por lo tanto, el cantor litúrgico ha recibido de Dios el don de la música y al servirle en la liturgia ha de hacer suyas las palabras del Evangelio: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.” (Lc 17, 10)

El cantor litúrgico debe ser un verdadero artista

En la liturgia, la Iglesia ha dispuesto que para Dios siempre sea lo mejor, tanto en la preparación del celebrante y los ministros, la materia y forma de los lugares y objetos empleados como en la perfección con que las celebraciones son ejecutadas. En este orden, la Iglesia siempre tuvo un muy alto estándar para la música en la liturgia, pues si el propósito de esta es “añadir más eficacia al texto mismo, para que por tal medio se excite más la devoción de los fieles y se preparen mejor a recibir los frutos de la gracia”, no podía admitirse sino la música más excelente cuya belleza inspirara a los hombres a desear los misterios divinos.

Por tal motivo, si la música litúrgica “debe tener arte verdadero”, entonces el que se dedica a la música litúrgica ha de ser un verdadero artista. El concepto de arte refiere por un lado a la actividad creativa del ser humano, por medio de la cual produce algo nuevo y bello, y por el otro, un conjunto de técnicas y habilidades que permiten al artista elaborar lo que se ha propuesto, de modo que el resultado refleje las características estéticas que en la mente del artista hacían a la obra digna de ser ejecutada. Por eso afirma Santo Tomás de Aquino:

El arte no es otra cosa que la recta razón de algunas obras que se han de hacer, cuya bondad, sin embargo, no consiste en que el apetito humano se haya de un modo determinado, sino en que la misma obra que se hace sea buena en sí misma; pues a un artífice, en cuanto artífice, no se le alaba por la voluntad con que realiza la obra, sino por la cualidad de la obra que realiza. (Suma Teológica, Parte I-IIae – Cuestión 57, Artículo 3)

En este sentido, para que una obra sea considerada arte, y su autor un artista, no basta con el mero acto creativo o que lo producido sea original, sino que la obra ha de reunir una serie de elementos estéticos que la hagan bella, es decir, que sea “buena en sí misma”. El artista, pues, no puede limitarse a idear creaciones bellas en su mente, sino que ha de poseer las habilidades y dominar la técnica requerida para que esa belleza pueda plasmarse de forma objetiva en su creación. Ahora bien, toda bondad y belleza en las formas creadas proviene de las perfecciones de su creador que ha querido dejar así su impronta en la creatura. La belleza que el hombre puede encontrar en el mundo sensible no es más que el sello de autoría con el que Dios busca ser reconocido por esa ley natural del corazón humano que le impone la búsqueda incansable de lo perfecto.

Todo arte requiere de una “recta razón”, un principio de orden que convierta la materia informe en signo de la divina belleza, que convierta la roca en escultura, o que de las palabras obtenga un poema. En el arte de los sonidos, ese principio de orden se encuentra en las consonancias y ritmos que permiten organizar tiempos, alturas y timbres de forma armónica. Así pues, el músico católico debe entrenarse en el uso y estudio de tales consonancias y ritmos si de verdad quiere ser capaz de producir obras bellas y dignas de ser empleadas en la liturgia. Aún cuando no se trate de un compositor sino de un intérprete, nada podrá lograr sin el estudio y la práctica para el mejoramiento constante de sus habilidades.

Aquí, la tentación más común es la de la mediocridad. Sea porque la liturgia de la Iglesia tiene un carácter cíclico y recurrente, sea porque en muchas ocasiones los sacerdotes o asambleas no tienen criterios de apreciación musical, sea por la poca competencia en cuanto a calidad, es notoria en muchos músicos la tendencia a ir por lo fácil. El abandono del patrimonio musical tradicional y la introducción de lo que se conoce como “música religiosa popular” y los ritmos profanos, han contribuido a esta situación. Pudiendo sacar piezas de tres acordes en la guitarra y un estrecho registro vocal, que de paso la gente ya conoce y canta aunque lo haga mal ¿Quién optará por el esfuerzo, tanto en estudio como en práctica, que requiere preparar piezas polifónicas o de Canto Gregoriano? Respuesta: Quien de verdad ame a Dios como para ofrecerle siempre lo mejor de sí.

El cantor litúrgico debe ser católico

Esta afirmación pareciera ser una redundancia, pues dado que estamos hablando de la liturgia de la Iglesia Católica, es evidente que se espera de los músicos que participen en ella el ser también católicos (Ojo, no siempre ocurre y los resultados no han sido buenos). Aquí, el ser católico se refiere al hecho de que la liturgia, como participación del sacrificio de Cristo hacia el Padre Celestial, pertenece exclusivamente a la Iglesia Católica, en sentido universal.

En un primer sentido, todo artista católico que desea ofrecer lo mejor de su arte a Dios, necesita estudiar y profundizar en las verdades de Fe que trata de representar. Como decía el dibujante y animador argentino, Carlos Pérez Agüero: “Todo artista tiene que conocer desde el fondo – qué es lo que da realmente vida a una obra de arte – cuál es el espíritu que obra dentro de ella y le engendra. Si el espíritu católico no dio a luz verdaderamente a la obra esta no resultará sacra, no será apta ni siquiera para decorar el templo, y menos aún para acompañar la acción litúrgica. ” No basta sólo con componer o interpretar bellas melodías y motetes, se requiere que tanto el compositor como el cantante conozcan a fondo lo que la Iglesia propone y lo que la liturgia significa en cada uno de los momentos que se quiere musicalizar.

Por otra parte, aunque en el mismo orden, el artista debe reconocer que la liturgia pertenece a la Iglesia Católica y no al gusto propio o el de su comunidad parroquial. Como se dijo previamente, así como la Iglesia establece que ningún sacerdote puede alterar, modificar o suprimir a su antojo los textos o partes de la liturgia, ningún cantor litúrgico puede modificar o cambiar el texto o transgredir las exigencias formales que la Iglesia estableció para la liturgia. Con esto nos referimos a una tentación frecuente en muchas parroquias o movimientos apostólicos que excusan el uso de música y textos no apropiados para la liturgia en el simple hecho de ser esa comunidad en específico. El afecto a ciertas costumbres y excesos particulares de una comunidad religiosa, en detrimento de lo que la Iglesia Católica ha establecido como norma universal, es un peligroso conato de sectarismo y de alejamiento de la Fe Católica.

En conclusión, el cantor litúrgico debe ser santo, es decir que debe esforzarse constantemente por la purificación interior, por una aproximación humilde a su labor de músico; debe ser un verdadero artísta, y por lo tanto, ser conciente de que la dignidad de los misterios litúrgicos le exige dar siempre lo mejor de sí y trabajar sin descanso por perfeccionar su arte; y debe ser católico, debe estudiar y conocer la Fe Católica, así como las disposiciones litúrgicas para saber cumplir debidamente con aquello que la Iglesia Católica ordena. Se trata, sin lugar a dudas de un camino de humildad. Humildad para aceptar la primacía de la gracia y no vanagloriarse de lo conseguido. Humildad para reconocer lo mucho que se ha de mejorar. Humildad para someterse siempre al criterio de la Santa Madre Iglesia.

Una introducción a los modos del Canto Gregoriano

Canto Gregoriano, Música Sacra Philokalia Filocalia Cantorum

En la tradición de la Iglesia Católica el canto es considerado un elemento primordial de la Liturgia, pues sirve como un medio de alabanza para darle mayor gloria a Dios por parte de los fieles. Estos cantos, que han sido utilizados a lo largo de la historia de la Iglesia, en el rito latino han confluído en un tipo de monodia llamada Canto llano o Canto Gregoriano, como es mejor conocido. Una de las mayores dificultades en la percepción y el estudio del gregoriano se encuentra en la comprensión e interiorización de un sistema musical muy diferente al tonal: La música modal. La tonalidad, a pesar de ser relativamente nueva en la historia de la música ha prevalecido y dominado en los últimos tiempos, condicionando nuestro sentido musical. Es pues imprescindible, dar a conocer las bases del sistema del canto llano para poder apreciarlo en su naturaleza.

El sistema del Canto Gregoriano, cuyo principio fundamental de organización fue llamado Oktoechos, fue establecido durante el papado de san Gregorio, quien estuvo a la cabeza de la Iglesia entre los años 590 y 604. Se llama oktoechos porque está fundamentado en un sistema de ocho modos. Originalmente, sólo cuatro modos eran usados. Ellos fueron designados con números griegos: protus, deuterus, tritus y tetrardus. Cada modo está dividido en dos formas, una superior llamada auténtica y otra inferior llamada plagal (derivada). La plagal consiste en desplazar el rango tonal una cuarta abajo de la forma auténtica, pero manteniendo el mismo final. Los ocho modos fueron inicialmente designados con números, como les encontramos en el Graduale Romanum o el Liber Usualis, pero alrededor del siglo IX o X, se tomaron prestados los nombres, más no la construcción, de las antiguas escalas griegas: dórico, frigio, lidio y mixolidio. La adopción de estos nombres se debe quizás a un error de transferencia de los nombres de las escalas de transposición griegas, a los modos gregorianos.

La esencia de cada modo está determinada por su contorno melódico en el que toman primordial importancia dos notas en particular: la finalis, que es en general la última nota del canto, y la repercusa o nota tenor, que es la nota recitativa que juega un papel contrastante con respecto a la finalis y que pone el elemento de “tensión” en el canto. La finalis es la misma para los modos en sus formas auténtica y plagal. Lo que diferencia los dos modos es que, en las formas auténticas, la repercusa se encuentra un intervalo de quinta por encima de la finalis, mientras que en las formas plagales, la repercusa se determina a partir de la nota tenor de las auténticas: una tercera abajo de ésta. La excepción a esta regla es cuando la repercusa resulta ser la nota Si. Para evitar el tritono (tres tonos enteros) entre Fa y Si, la nota tenor se eleva un tono, hacia Do. Esto sucede en los modos Deuterus en sus dos formas y en el modo tretardus plagal. Observemos la siguiente gráfica para mayor comprensión:

PROTUS - Modos 1 y 2 DEUTERUS - Modos 3 y 4
TRITUS - Modos 5 y 6 TETRARDUS - Modos 7 y 8

En algunos lugares se compara esta relación FinalisRepercusa con la relación Tónica-Dominante en la música tonal, sin embargo esta denominación puede conducir a errores dado que a falta de la nota sensible (VII grado) no se generan ni resuelven en la música modal las tensiones propias del grado dominante en la música tonal.

Modo I II III IV V VI VII VIII
Repercusa La Fa Do La Do La Re Do

Aunque en la gráfica superior se muestran los modos a través de los ocho tonos de la escala, en el Canto Gregoriano se procuran evitar el tritono y los semitonos, y por ello mismo se acostumbra prescindir del séptimo grado del modo. Esto no quiere decir que un canto gregoriano no conste de más que de seis alturas, sino que la estructura modal del canto gregoriano funciona a través de hexacordios, conjuntos de seis notas, que son superpuestas, replicando la misma estructura de tonos y semitonos para extender la melodía. Así, es frecuente encontrar que en una pieza hay algunos giros melódicos bien conocidos que rompen la estructura del modo. También, por la misma razón, puede hallarse que la nota SI sufre alteraciones en una misma pieza. Al Si becuadro se le llama quadratum, y al Si bemol rotundum.

Valga recordar que esta comprensión del sistema modal es una reconstrucción a partir de la teoría musical formulada posteriormente. Originalmente, el canto era aprendido y enseñado como un movimiento, una sucesión de intervalos, sin alturas absolutas, como deja entrever la notación de Saint Gall. El tetragrama y las notas musicales son construcción del monje benedictino Guido d’Arezzo que le dio nombre a las posiciones del tetragrama tomando las primeras sílabas del himno a San Juan Bautista Ut Queant Laxis, creando las primeras seis notas de la escala (Ut, Re, Mi, Fa, Sol, La). Gracias a este sistema de posiciones llamado solmisación, padre del actual solfeo, se consiguió la superposición de tetracordios para la construcción de las escalas.

Graduale de Saint Gall Canto Gregoriano
Notación de Saint Gall

Con la aparición de la polifonía imitativa, hacen su aparición nuevas alteraciones, especialmente el uso de la sensible hacia la nota finalis en las fórmulas cadenciales: Do# hacia el Re, Fa# hacia el Sol y Sol# hacia el La. La introducción de estos adornos es lo que se conoce como Música Ficta. Adicionalmente, con estas nuevas alteraciones se permite añadir nuevos conjuntos al sistema hexacordal de Guido d’Arezzo, dando origen a dos nuevos modos: Eólico y Jónico, cuyas estructuras serán la base de las escalas mayores y menores en el sistema tonal.

Así, pordría decirse que la Iglesia es madre de toda la teoría musical occidental. Observando de forma retrospectiva la evolución de la música modal hacia la tonalidad es posible comprender más profundamente el sistema del Canto Gregoriano, propio de la liturgia. Esperamos, por lo tanto, que este conocimiento sea de mucha ayuda para quienes desarrollan el ministerio del canto en la liturgia de nuestra Iglesia.

La música para la Misa de Difuntos

Misa de Difuntos Requiem Funeral Exequias

¿Qué debe cantarse en una misa de difuntos? Hace unas semanas he asistido a un par de misas de difuntos, no eran exequias específicamente sino una misa de aniversario, y otra a una semana del fallecimiento. En ambas ocasiones me llamó la atención la música cantada en las misas, por lo pobre en reflejar la Fe Católica sobre la muerte de los fieles. Ahora, pude darme cuenta de que tal empobrecimiento no afecta sólo a los cantos sino que también toca a las homilías.  Si en la misa se escucharon canciones como “Entre tus manos” o “Más allá del sol”, en la homilía sólo se escuchó sobre el bien que la persona había hecho en vida y que la muerte era un paso necesario para llegar a la vida eterna.

San Juan Bosco decía que el mayor error de la pedagogía moderna era el abandono de la enseñanza sobre los novísimos, y si eso decía él hace más de un siglo ¿Qué podremos decir de la enseñanza actual? En las múltiples exequias en que he estado, jamás he escuchado que el sacerdote hable en la homilía sobre el juicio particular, sobre el Purgatorio, o sobre el Infierno. El Cielo sí que se ha mencionado, pero injustamente, pues se ha afirmado que el difunto ya se encuentra en el Cielo, contrariando totalmente la enseñanza de la Iglesia al respecto. Este terrible error contagia inevitablemente la música, de modo que se emplean cantos como los mencionados anteriormente que invitan a pensar en la resurrección como consecuencia automática de la muerte, e incluso otros más alegres llegando al puritanismo de insinuar que la tristeza ante la muerte es “falta de Fe en la resurrección”.

Basta revisar las indicaciones del Graduale para la Missa pro Defunctis para echar abajo todos estos errores. En primer lugar, la misa de exequias tiene un ordinario indicado que es casi el mismo de las misas feriales en tiempos de Adviento y Cuaresma. Esto ya nos habla de recogimiento, de austeridad, de penitencia, de implorar la misericordia de Dios.  Cada una de las dieciocho misas del Kyriale posee un carácter y un temperamento particular de acuerdo a los momentos del ciclo litúrgico en los que se indica su uso, algo que lamentablemente se ha perdido con el abandono del Canto Gregoriano, y la misa de difuntos es la más sobria y simple de todas. Valga mencionar de paso, que con la pérdida del gregoriano en las parroquias, ha desaparecido también la variación textual en el Agnus Dei del Officium Defunctorum.

Agnus Dei Missa pro Defunctis Misa de difuntos
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, dales el descanso. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, dales el descanso. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, dales el descanso eterno.

Ahora bien, los textos del propio de la Missa pro Defunctis son transparentes en cuanto a qué actitud nos pide la Iglesia frente a la muerte de un ser querido: El Introito nos dice “Requiem aeternam dona eis Domine, et lux perpetua luceat eis.” (Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua), y el Tracto “Absolve Domine animas omnium fidelium defunctorum ab omni vinculo delictorum. Et gratia tua illis succurrente, mereantur evadere juditium ultionis, et lucis aeternae beatitudine perfrui.” (Absuelve, Señor, las almas de todos los fieles difuntos de los lazos de sus pecados. Y mediante el auxilio de tu gracia, merezcan evitar el juicio de la divina venganza, y disfrutar de la felicidad de la luz eterna.), y ni hablar de la secuencia Dies Irae, suprimida con la reforma litúrgica de 1970, que nos hablaba del juicio final y de la necesidad del arrepentimiento y la misericordia divina.

Estas no son invenciones medievales o tridentinas, sino que han sido la enseñanza de la Iglesia desde siempre. Escuchemos el testimonio de los padres de la Iglesia:

 “En cuanto a la recitación de los nombres de los difuntos, ¿qué puede haber que resulte más útil y que sea más oportuno y digno de alabanza, a fin de que los presentes se den cuenta de que los difuntos siguen viviendo y no han quedado reducidos a la nada, sino que siguen existiendo y viven junto al Señor, y así quede afianzada la esperanza de aquellos que rezan por sus hermanos difuntos considerándolos como si hubieran emigrado a otro país? Son útiles, en efecto, las preces que se hacen en su favor, aunque no puedan eliminar todas sus culpas.” San Epifanio de Salamina

“Por tanto, las pompas fúnebres, los cortejos funerarios, la suntuosa diligencia frente a la sepultura, la lujosa construcción de los mausoleos significan un cierto consuelo para los vivos, nunca una ayuda para los muertos. En cambio, no se puede dudar de que se les ayuda con las oraciones de la santa Iglesia, con el sacrificio salvador y con las limosnas que se otorgan en favor de sus almas, para que el Señor los trate con más misericordia que la merecida por sus pecados.

Esta costumbre, transmitida por los padres, la observa la Iglesia entera por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y sangre de Cristo y de modo que, al mencionar sus nombres en el momento oportuno del sacrificio eucarístico, ora y recuerda también que se ofrece por ellos. Si estas obras de misericordia se celebran como recomendación por ellos, ¿quién dudará de que han de serles útiles a aquellos por quienes se presentan súplicas ante Dios en ningún modo inútiles?“ San Agustín

Así pues, es claro que ante la muerte de un familiar, la Iglesia nos llama a ser concientes de la realidad del juicio, y por ello elevar oraciones a Dios pidiendo el perdón de sus culpas y el descanso de su alma inmortal. Así mismo, la Iglesia reconoce que la muerte es inevitablemente causa de tristeza y dolor para sus familiares y amigos, y de ahí la costumbre de muchos compositores del renacimiento de musicalizar textos del libro de Job, componiendo motetes para la misa de difuntos, como Taedet animam meam y Versa est in luctum.

A continuación, les presentamos el repertorio que ofrecemos en Philokalia Cantorum.

Ordo para la Misa de Difuntos

Introito: Requiem Aeternam
Requiem aeternam dona eis Domine, et lux perpetua luceat eis. Ps/ Te decet hymnus, Deus, in Sion, et tibi reddetur votum in Hierusalem; exaudi orationem meam; ad te omnis caro veniet. R/ Requiem…

Kyrie: Missa pro Defunctis (XVIII b)
Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison.

Tractus: Absolve Domine
Absolve, Domine, animas omnium fidelium defunctorum ab omni vinculo delictorum. V/ Et gratia tua illis succurrente, mereantur evadere Judicium ultionis. V/ Et lucis aeternae beatitudine perfrui.

Offertorio: O Jesu Christe -Jacquet de Mantua
O Jesu Christe, miserere mei, cum dolore langueo: Domine, tu es spes mea. Clamavi ad te, miserere mei.

Sanctus: Missa pro Defunctis (XVIII)
Sanctus, Sanctus, Sanctus Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt Caeli et Terra gloria Tua. Hosanna in excelsis. Benedictus qui venit in nomine Domini. Hosanna in excelsis.

Agnus Dei: Missa pro Defunctis (XVIII)
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi: Dona eis requiem (sempiternam)

Communio: Caligaverunt oculi mei – Tomás Luis de Victoria
Caligaverunt oculi mei a fletu meo: quia elongatus est a me, qui consolabatur me: V/ Videte, omnes populi, R/ si est dolor similis sicut dolor meus. V/ O vos omnes, qui transitis per viam, attendite, et videte R/ si est dolor…

Salida: Da Pacem Domine
Da pacem, Domine, in diebus nostris quia non est alius qui pugnet pro nobis, nisi tu Deus noster.

El problema actual de la mala calidad de la música en la misa

Santa Misa tradicional Música litúrgica

“La misa es una fiesta muy alegre” dice una popular canción que se escucha a menudo como canto de entrada en las misas de nuestro país. Musicalmente, la canción puede describirse perfectamente como una tonada infantil, y si de hecho se considera la pueril superficialidad de la letra, pues con mayor razón. No obstante, siempre me ha causado curiosidad el texto de la canción, porque refleja lo que muchos músicos, y los sacerdotes que permiten tales cantos, piensan y creen sobre la Santa Misa. Basta con examinar el Catecismo (nums. 1322-1419), para ver que la palabra “fiesta” no es aplicada en ninguna ocasión a la Santa Misa, y si aparece es únicamente para referirse a los “días de fiesta”. como categoría litúrgica. Tal canción es pues un síntoma evidente de por qué la música usada en las misas brilla por su pobreza y su poca correspondencia con la naturaleza de la eucaristía.

Si se piensa hoy en la música que suena en los templos católicos, probablemente lo primero en que se piensa es en el sonido de la guitarra acompañando una melodía tipo balada pop o rock suave, con una letra simplísima que muy probablemente consista en la repetición de una misma frase variando una sola palabra. Se trata, casi siempre, de una pobre imitación de géneros músicales profanos, llámese balada setentera, canción de protesta, slow rock o ronda infantil. ¿Cómo es que la Santa Misa pasó de ser el faro de belleza que iluminaba la cultura, y a quien los grandes compositores dedicaron siempre lo mejor de su talento, a convertirse en una burda imitación de un campamento de adolescentes?

Es indudable que este súbito abandono y profanación de la música liturgica está ligado con la reforma litúrgica ocurrida en 1970. Ese es el punto de inflexión que marca una ruptura con el patrimonio musical previo. La Reforma Litúrgica del posconcilio supuso un oscurecimiento de la naturaleza sacramental de la Santa Misa, y una pérdida general del sentido de lo litúrgico caracterizada por tres elementos: El abandono del Latín como idioma propio de la liturgia, el desdibujar la distinición entre lo sagrado y lo profano, y un asambleísmo que distorsiona la comprensión de la Eucaristía como acción sacramental del mismo Jesucristo a través del sacerdote.

La misa en Latín

Cierto es que según la constitución Sacrosanctum Concilium, el Latín sigue siendo el idioma propio de la Liturgia, pero no es menos cierto también que en el momento de presentar la reforma de 1970, el papa Pablo VI fue muy claro en que el Latín iba a ser remplazado por la lengua vernácula como idioma de la liturgia. Así fue entendido por las Iglesias locales, que dejaron de editar el Misal en Latín y marginaron, hasta el casi total abandono, la enseñanza del Latín en los seminarios. Poco importa que la norma mantenga el Latín como lenguaje propio de la liturgia, en la vida práctica de la Iglesia es como si tal norma no existiese.

El cambio del Latín por la lengua vernácula,  trastocó por completo la vida musical de la Iglesia. No es difícil imaginárselo si dijéramos que en todas las iglesias se hizo una pira enorme para quemar kyriales, graduales y demás libros y colecciones de canto gregoriano y polifonía sacra, porque el resultado fue exactamente el mismo: Todo lo que la Iglesia venía cantando a través de los siglos fue arrojado al olvido, el patrimonio músical de la Iglesia fue defenestrado y sustituído por composiciones nuevas, sin que el tamiz del tiempo hubiera podido separar el buen trigo del malo. Cierto es que en países como Inglaterra ya existían himnos en vernácula que fueron fácilmente incorporados, en otros casos se hicieron traducciones de himnos latinos, pero a nivel general, la tendencia fue a la instalación de la balada setentera como “género oficial” de la misa, combinada con una importación masiva de cantos protestantes.

Música sagrada vs. música profana

El abandono del Latín, junto con otros elementos semiológicos de la reforma litúrgica, hace parte de una de las notas más características de tal reforma, y, hemos de decirlo, de las más devastadoras: La disolución de la distinción entre lo sagrado y lo profano, que siempre fue esencial a las formas litúrgicas. El templo, en sí mismo, es la separación entre un espacio sagrado y el resto del mundo, y aún dentro del mismo templo, la reja del presbiterio, o en oriente el iconostasio, separa un lugar tan sagrado que, como el Sancta sanctorum del Antiguo Testamento, sólo los sacerdotes pueden entrar en él. Esa división entre el presbiterio y el resto de la nave siempre fue un signo de suprema elocuencia para la Iglesia: El presbiterio pertenecía más al Cielo que a la Tierra, y sus puertas se abrían cuando el sacerdote salía con la Sagrada Eucaristía en la mano, para distribuir entre los fieles a Dios mismo en forma de pan angélico.

Los ornamentos del sacerdote, las oraciones secretas, la “lengua muerta”, todos los signos litúrgicos eran una catequesis práctica para los fieles, de que lo que ocurría en el altar no pertenecía a este Mundo.  Lo mismo ocurre con la música litúrgica: El canto gregoriano, así como el ambrosiano, el mozárabe, o el bizantino, son géneros absolutamente ajenos a la música profana. Ésa ha sido siempre la característica esencial de la música litúrgica, y así fue confirmada por el papa San Pío X en su motu proprio Tra le Sollecitudini: “Debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo profano, y no sólo en sí misma, sino en el modo con que la interpreten los mismos cantantes.”

¿Fue esto abolido por la reforma litúrgica? A juzgar por la misa cotidiana de cualquier parroquia, la respuesta será un sí definitivo, aunque alguno señale que tal práctica nunca ha sido avalada por las normas. ¿Cómo se llegó entonces a ésto? Lo cierto es que en todas las transformaciones ordenadas por la reforma de 1970, se refleja una disolución de esta división entre lo sagrado y lo profano, en función de realzar el papel de la asamblea en la celebración litúrgica. Si pudiera resumirse el espíritu de tal reforma en una frase, no temo errar si dijera que es la siguiente: “todo en la Liturgia debe ser visto, escuchado, entendido y participado por la asamblea de los fieles”. Por eso la misa en vernácula y en voz alta, por eso el sacerdote mirando al pueblo y no al sagrario, por eso la eliminación del doble Confiteor, y por eso también el Canto Gregoriano terminó siendo sustituido por el canto popular de géneros profanos.

El “asambleísmo” de la reforma litúrgica

Todos los documentos magisteriales sobre música sacra, reconocen la primacía del Canto Gregoriano entre los diversos género de música sacra. Según la constitución Sacrosanctum Concilium, “La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.” No obstante, la misma constitución más adelante afirma, “Foméntese con empeño el canto religioso popular, de modo que en los ejercicios piadosos y sagrados y en las mismas acciones litúrgicas, de acuerdo con las normas y prescripciones de las rúbricas, resuenen las voces de los fieles.” Así mismo, bajo la lógica de la inculturación, se afirma que “hay pueblos con tradición musical propia que tiene mucha importancia en su vida religiosa y social, dése a este música la debida estima y el lugar correspondiente no sólo al formar su sentido religioso, sino también al acomodar el culto a su idiosincrasia”. Algo similar ocurre en la instrucción Musicam Sacram, que afirma que “La Iglesia no rechaza en las acciones litúrgicas ningún género de música sagrada, con tal que responda al espíritu de la misma acción litúrgica y a la naturaleza de cada una de sus partes y no impida la debida participación activa del pueblo.”

Así, la reforma elevó “la participación activa del pueblo” a principio esencial de la música litúrgica, y bajo este principio se impulsó el uso de textos simples (incluso simplones) y melodías fáciles (importadas de géneros profanos y folclóricos). Y no es que antes no fuera valorado el canto del pueblo, pero nunca se había puesto el canto del pueblo como condicionante frente al género de música sacra. “Procúrese, especialmente, que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico, como solían antiguamente”, dice el motu proprio de San Pío X. Si antes de la reforma se pedía que el pueblo fuera formado para cantar el gregoriano junto con el coro, luego de la reforma se rebajó la música litúrgica al nivel músical del pueblo.

Tras la reforma, la música litúrgica dejó de ser un vehículo de evangelización del pueblo, para convertirse en un medio de mundanización de la liturgia. Además, bajo el paradigma de la inculturación se puso una barrera a que el patrimonio musical de la Iglesia sirviera para el enriquecimiento cultural de las sociedades evangelizadas, a diferencia de como había ocurrido durante la conquista de América. Si la misa dejó de ser vista como ese misterio admirable por el que Dios se entrega a los hombres como alimento, para convertirse en una mera asamblea comunitaria con el pan como “símbolo” de la unión fraterna, no es de extrañar que el canto abandonara los himnos y cánticos compuestos por los doctores de la Iglesia, músicalizados con lo más excelente de cada periodo y género musical, para reducirse a una mera “amenización” de un evento social, mero entretenimiento para hacer la misa “menos aburrida”.

Conclusiones

San Agustín relata en sus confesiones el papel tan fuerte que tuvo el canto litúrgico en su proceso de conversión a la Fe Católica:

¡Cuánto lloré también oyendo los himnos y cánticos que para alabanza vuestra se cantaban en la iglesia, cuyo suave acento me conmovía fuertemente y me excitaba a devoción y ternura! Aquellas voces se insinuaban por mis oídos y llevaban hasta mi corazón vuestras verdades, que causaban en mí tan fervorosos afectos de piedad, que me hacían derramar copiosas lágrimas, con las cuales me hallaba bien y contento. (Lib. 9, Cap. 6)

¿Qué diría el santo obispo si se paseara hoy por alguna de nuestras parroquias? ¿Creemos realmente que alguno se convertirá escuchando “una espiga dorada por el sol” o “alabaré a mi Señor”? ¿Podemos decir con sinceridad que la música litúrgica actual transmite las Verdades de Fe que la Iglesia nos pide creer?

Así pues, se hace evidente la necesidad imperiosa de una recuperación de la música sacra, para que el patrimonio musical milenario de la Iglesia Católica vuelva a ser de uso cotidiano en la misa parroquial, y no sólo en contadas catedrales. Como se ha demostrado, esta restauración pasa necesariamente por una restauración del sentido mismo de la litúrgia y su naturaleza sacramental en la mente de los fieles, clérigos y laicos, tal como había expuesto magistralmente el papa Sarto. San Pío X presenta tres requisitos esenciales de la Música litúrgica: Debe ser santa (es decir que ha de expresar con fidelidad el contenido de la Fe, excluyendo todo lo profano), debe tener arte verdadero (es decir que musicalmente debe destacar por su calidad y excelencia), y debe ser universal (Que por su belleza ha de ser accesible a los fieles de toda la Iglesia, más allá de las diferencias culturales).

Frente a lo primero, se hace indispensable recuperar el sentido de lo sagrado en la liturgia: que los corazones estén más ad Dominum que concentrados en sus propias exigencias emocionales y sensoriales; que los cantores comprendan que la música litúrgia es la participación en los cantos que entonan los ángeles ante el trono de Dios y no la expresión de nuestra pobre espiritualidad subjetiva. Para lo segundo, es imprescindible que los sacerdotes aprendan a valorar la belleza de la música litúrgica y su imperiosa necesidad en la misa: que entiendan que la música es un arte que requiere artistas bien formados en su ejecución, y que estos artistas necesitan un sustento. No puede ser que en muchas parroquias el sacerdote se incline casi siempre por el músico aficionado y mediocre, sólo porque cobra más barato, o incluso lo hace gratis. Por último, la universalidad de la música sacra nos exige volver a la lengua latina y al patrimonio de la música sacra con el que la Iglesia ha puesto los cimientos de la música académica que hoy se estudia en todo el orbe.

Este es el propósito del proyecto Philokalia, una tarea que un grupo de jóvenes han tomado como propia, recuperando el patrimonio de canto gregoriano y polifonía sacra para que la liturgia vuelva a ser un momento sublime en que el alma se abre a los misterios celestes, gracias al servicio conjunto de las artes a Dios, de quien procede toda la belleza que se encuentra en las cosas terrestres como firma del autor sobre su obra. El alma humana busca la belleza como signo inequívoco de aquello que ha de amar, y por eso mismo, la belleza es también un camino para el conocimiento y el servicio divino. Que Dios nos ayude.

El templo: espejo de devoción

Templo Iglesia Misa Adoración Eucaristía Música

“Todas las cosas revelan en cada una de sus propiedades la Sabiduría Divina…todas las criaturas sensibles nos conducen a Dios.”  San Buenaventura

Si hacemos una comparación entre las iglesias antiguas y las modernas encontraremos marcadas diferencias no solo en el plano estético, sino también en el conceptual, que denotarían así mismo una distinción en la forma de concebir el mundo.  El templo es el reflejo de la cosmovisión del hombre y su relación con la fe, y su devoción a Dios.

La mentalidad premoderna era simbólica; el hombre era capaz de ver los símbolos y pensar con ellos, y el símbolo era el medio de revelar las realidades espirituales de los objetos, realidades que son la imagen de la naturaleza divina.  Jean Hani, respecto al arte sagrado, dice que es una prolongación de la encarnación, de un valor casi sacramental en donde el artista no se guía por sus inspiraciones ni su personalidad, sino por la búsqueda de una forma perfecta que responda a los prototipos sagrados de inspiración celeste. La belleza es un atributo de Dios, el esplendor de su verdad, “es un reflejo de la Beatitud divina” (F. Schon). El arte nos debe conducir al Espíritu Divino y traducir su belleza en un plano sensible.

El templo es un lugar sagrado, no sólo sirve para la reunión de la asamblea sino también para predisponer a los fieles a un espíritu de devoción a lo Divino.  El término templo quiere decir separación, es decir, la iglesia separa el mundo profano de lo sagrado y el recurso que utiliza para crear el ambiente para que la Gracia se manifieste es el símbolo, tanto teológico como cosmológico. La unión de estos símbolos representa la unión de Dios y su creación, que se manifiesta en toda su magnificencia en la liturgia que no puede ser separada del templo.

Dios es el arquitecto del templo, los edificios fueron construidos según sus indicaciones (Exo. 25, 8-9) (Sab 9,8).  El templo es imagen de mundo, que es sagrado como obra de Dios.  La arquitectura divina se puede reducir a “la cuadratura del círculo”; su construcción empieza con la fijación del “omphalos”, el centro del mundo y del edificio que es el lugar en el que el hombre entra en contacto con la Divinidad.  A partir de este punto se traza un círculo, símbolo de Dios.  Un mástil clavado en el centro, proyectado por la luz del sol, indica los trazos de los puntos cardenales, creando la cruz.  Dos círculos centrados en estos puntos crean los ángulos del cuadrado, símbolo de la tierra, que servirán como bases de la nave de la iglesia.  La cruz se constituye así en el intermediario del cielo y la tierra.  Esta relación círculo-cuadrado se da en otros ámbitos.  El espacio limitado por las paredes y el techo en forma de cúpula indican nuestro camino espiritual en donde el incienso ayuda a elevar nuestras oraciones al cielo.  También lo encontramos en la nave principal que va de la puerta al ábside que es de forma semicircular y éste de cara al oriente que es el símbolo del alma que contempla el nacimiento de la verdadera luz. El templo es también imagen del cuerpo humano y como es sagrado, es imagen de Jesús:  “destruiré este templo y lo construiré en tres días”.  Según Honorio de Autun, el coro representa la cabeza de Cristo, la nave el cuerpo, el transepto los brazos y el altar mayor el corazón.

Podríamos indicar muchos más símbolos de igual maravilla como el altar, las campanas, la pila de agua bendita, los laberintos, elementos estos que han sido relegados al olvido en los templos modernos pues se ha perdido todo el lenguaje de la simbología que nos facilitaba la unión con Dios.  el Concilio Vaticano II estableció que cada diócesis debería tener al menos tres comisiones especializadas para la construcción de las iglesias: liturgia, arte sacro y música sacra, pero estas comisiones no existen o no funcionan y por eso nos encontramos con edificios que no representan la verdadera devoción que el católico debería rendirle a Dios. Cabe preguntarnos si estos templos son un reflejo de la crisis de nuestra fe.

“CANTATE DOMINO CANTICUM NOVUM” Declaración sobre la situación actual de la música sacra

Canto Gregoriano Música Sacra Santa Misa

El pasado 5 de marzo, en el 50º aniversario de la Instrucción Musicam Sacram (Promulgada el 5 de Marzo de 1967), más de 200 pastores, músicos y académicos de todo el mundo, han firmado la Declaración Cantate Domino, sobre la mùsica sacra. La Declaración ha sido publicada en seis idiomas (English, Italiano, Español, Português, Français, Deutsch).Esta declaración defiende la contínua relevancia e importancia de la música sacra tradicional y critica las numerosas y serias desviaciones que han plagado la Iglesia Católica a través de la última mitad de siglo.

A continuación el texto de la declaración:

Los músicos, pastores, profesores, académicos y amantes de la música sacra que firmamos más abajo presentamos humildemente a la comunidad católica de todo el mundo esta declaración, en la que expresamos nuestro gran amor por el tesoro de música sacra de la Iglesia y nuestra profunda preocupación por su lamentable estado actual.

Introducción

Cantate Domino canticum novum, cantate Domino omnis terra (Salmo 96): este canto a la gloria de Dios ha resonado en la Cristiandad a lo largo de toda su historia, desde los primeros días hasta hoy. Tanto la Sagrada Escritura como la Sagrada Tradición dan pruebas de un gran amor por la belleza y poder que tiene la música en la adoración de Dios Omnipotente. El tesoro de la música sacra ha sido siempre objeto de veneración por los santos, los teólogos, los Papas y los laicos de la Iglesia Católica.

Este amor por la música y el cultivo de ella queda demostrado, en todas las épocas de la literatura cristiana, por los muchos documentos que los Papas han dedicado a la música sacra, comenzando con Docta Sanctorum Patrum de Juan XXII (1324) y Annus Qui de Benedicto XIV (1749), siguiendo con el Motu Proprio Tra le Sollicitudini de San Pío X (1903), con Musicae Sacrae Disciplina de Pío XII (1955), con el Quirógrafo sobre la Música Sacra de San Juan Pablo II (2003), etcétera. Esta gran cantidad de documentación nos impele a considerar con la máxima seriedad la importancia y el papel de la música en la liturgia. Esta importancia dice relación con la profunda conexión entre la liturgia y su música, conexión que es doble: una buena liturgia proporciona la ocasión para una música espléndida, pero una música litúrgica de baja calidad la afecta enormemente. Y no puede olvidarse aquí la importancia ecuménica de la música, puesto que, como sabemos, otras tradiciones cristianas –como la anglicana, la luterana y la ortodoxa oriental- tienen en gran estima la importancia y dignidad de la música sacra, como lo demuestra el celo con que protegen sus tesoros.

Hemos reflexionado sobre una importante fecha, el quincuagésimo aniversario de la promulgación de la Instrucción sobre la Música en la Liturgia, Musicam Sacram, el 5 de marzo de 1967, durante el pontificado del Beato Pablo VI. Releyendo hoy dicho documento, no podemos menos que pensar en la via dolorosa de la música sacra en las décadas que siguieron a Sacrosanctum Concilium. En realidad, lo que ocurrió en algunos sectores de la Iglesia de aquel tiempo (1967) no estuvo siempre de acuerdo ni con Sacrosanctum Concilium ni con Musicam Sacram: en efecto, se forzó una implementación, en ocasiones sin vigilancia por parte del clero o de la jerarquía eclesiástica, de ciertas ideas que no estuvieron jamás presentes en los documentos del Concilio. En algunos países, el tesoro de la música sacra, cuya preservación el Concilio había pedido, no sólo careció de protección sino que incluso se lo impugnó. Lo cual fue derechamente contrario al Concilio, que había establecido con toda claridad:

“La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne. En efecto, el canto sagrado ha sido ensalzado tanto por la Sagrada Escritura, como por los Santos Padres y los Romanos Pontífices, los cuales, en los últimos tiempos, empezando por San Pío X, han expuesto con mayor precisión la función ministerial de la música sacra en el servicio divino. La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados. Además, la Iglesia aprueba y admite en el culto divino todas las formas de arte auténtico que estén adornadas de las debidas cualidades” (SC 112).

La situación actual

A la luz del pensamiento de la Iglesia, tan frecuentemente expresado, no podemos sino preocuparnos por la situación actual de la música sacra, que es prácticamente desesperada, constituyendo los abusos en el campo de la música sacra casi más la norma que la excepción. Queremos resumir aquí algunos de los elementos que contribuyen a la deplorable situación actual de la música sacra y de la liturgia.

1. Se ha perdido la comprensión de la “forma musical de la liturgia”, es decir, del hecho de que la música es una parte inherente de la esencia misma de la liturgia como culto público, formal y solemne de Dios. No debemos solamente cantar en la Misa, sino que debemos cantar la Misa. Por lo tanto, como nos lo recuerda Musicam Sacram, las partes correspondientes al sacerdote debieran cantarse según los tonos contenidos en el Misal, con la debida respuesta de los fieles; debiera alentarse el canto del Ordinario de la Misa en gregoriano, o una música inspirada en él; y también los Propios de la Misa debieran recibir el lugar de honor que corresponde a su importancia histórica, a su función litúrgica y a su profundidad teológica. Similares consideraciones se aplican al canto del Oficio Divino. Rehusar cantar la liturgia; usar “música utilitaria” en vez de música sacra; rehusar educarse a sí mismos o a los demás en la tradición y deseos de la Iglesia, y poner poco o ningún esfuerzo o medios en la preparación de un programa de música sacra, constituyen una clara muestra del vicio de “pereza litúrgica”.

2. Esta pérdida de comprensión litúrgica y teológica va de la mano con la adhesión al secularismo. El secularismo de los estilos musicales populares ha contribuído a la desacralización de la liturgia, mientras que el secularismo de tanto comercio orientado al lucro ha impuesto con mayor rigor a las parroquias unas mediocres colecciones de música. Se ha alentado en la liturgia un antropocentrismo que socava su naturaleza misma. Actualmente, en vastos sectores de la Iglesia se da una incorrecta relación con la cultura, la cual puede ser concebida como una “red de conexiones”: en efecto, la situación real de nuestra música litúrgica (y de la liturgia misma, ya que ambas están vinculadas), constituye una ruptura de esta red de conexiones con nuestro pasado y hemos procurado conectarnos con un futuro que, sin su pasado, carece de significado. Hoy la Iglesia no está usando activamente sus riquezas culturales para evangelizar, sino que en gran parte está siendo ella misma usada por la cultura secular predominante, que nació en oposición al cristianismo, y que desestabiliza el sentido de adoración que está en el corazón de la fe cristiana.

En su homilía para la fiesta de Corpus Christi de 4 de junio de 2015, el papa Francisco ha hablado “del asombro de la Iglesia ante la realidad [de la Sagrada Eucaristía]… Un asombro que alimenta la contemplación, la adoración y la memoria”. ¿Dónde está este sentido de contemplación, de adoración y de asombro ante el misterio de la Eucaristía en tantas de nuestras iglesias a través del mundo? El se ha perdido porque estamos viviendo en una especie de Alzheimer espiritual, una enfermedad que nos está despojando de nuestra memoria espiritual, teológica, artística, musical y cultural. Se ha dicho que necesitamos incorporar a la liturgia la cultura de cada pueblo. Lo cual es verdad si se lo entiende correctamente, pero no si se lo entiende en el sentido de que la liturgia (y la música) ha de convertirse en el lugar donde tenemos que exaltar una cultura secular. Por el contrario, la liturgia es el lugar donde la cultura, toda cultura, es elevada a otro nivel y purificada.

3. Hay grupos en la Iglesia que presionan por una “renovación” que no refleja la enseñanza de la Iglesia sino que está al servicio de sus propios propósitos, visiones de mundo e intereses. Estos grupos cuentan con miembros colocados en posiciones claves de poder desde los que ponen en ejecución sus planes, su idea de cultura, su estilo de enfrentar los problemas contemporáneos. Hay poderosos lobbies, en algunos países, que han contribuído a reemplazar, de facto, los repertorios litúrgicos fieles a las directivas del Vaticano II con repertorios de mala calidad. De este modo, acabamos teniendo repertorios de nueva música litúrgica de estándares muy bajos, tanto en lo relativo al texto como a la música. Se llega a comprender que esto sea así cuando reflexionamos que no hay nada de valor perdurable que surja de una falta de conocimientos o de competencia, especialmente cuando se descuida los sabios preceptos de la tradición de la Iglesia:

“En este aspecto el canto gregoriano ha sido siempre considerado como el supremo modelo de música sacra, por lo que es plenamente legítimo establecer la siguiente ley general: cuanto más se acerque a la forma gregoriana una composición escrita para la Iglesia, tanto en su aire, en su inspiración y en su sabor, tanto más sagrada y litúrgica será, y será tanto menos digna del templo cuanto más diste de este supremo modelo” (S. Pío X, Motu Proprio Tra le Sollecitudini).

Hoy este supremo modelo es descartado, cuando no despreciado. Todo el Magisterio de la Iglesia nos ha recordado la importancia de adherir a este importante modelo, no como un modo de limitar la creatividad, sino como un fundamento sobre el cual puede florecer la inspiración. Si deseamos que los hombres busquen a Jesús, necesitamos preparar la casa con lo mejor que la Iglesia puede ofrecer. No invitamos a los hombres a nuestra casa, la Iglesia, para ofrecerles un subproducto de la música o del arte, puesto que se puede encontrar música de estilo pop mucho mejor fuera de la Iglesia. La liturgia es un limen, un umbral que nos permite dejar atrás nuestra existencia diaria y entrar en el culto de los ángeles: Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et Dominationibus, cumque omni militia caelestis excercitus, hymnum gloriae tuae canimos, sine fine dicentes…

4. Este desprecio del canto gregoriano y del repertorio tradicional es signo de un problema mucho mayor, el desprecio de la Tradición. Sacrosanctum Concilium nos enseña que el legado musical y artístico de la Iglesia debiera ser respetado y venerado, porque es la encarnación de siglos de culto y de oración, y una expresión de las más altas cumbres de la creatividad y espiritualidad humanas. Hubo una época en que la Iglesia no corría en pos de la última moda, sino que era ella quien creaba la cultura y era su árbitro. La falta de compromiso con la tradición ha colocado a la Iglesia y a su liturgia en un camino inseguro y lleno de meandros. La separación que se ha intentado hacer de las enseñanzas de Vaticano II respecto de las enseñanzas anteriores de la Iglesia es un camino sin salida: el único camino hacia adelante es la hermenéutica de la continuidad propuesta por el Papa Benedicto XVI. La condición para una restauración de la liturgia y de su música a una situación de nobleza es la recuperación de la unidad, integridad y armonía de la enseñanza católica. Como el papa Francisco nos lo ha enseñado en su primera encíclica: “el conocimiento de sí, la misma autoconciencia, es relacional y está vinculada a otros que nos han precedido” (Lumen Fidei 38).

5. Otra causa de la decadencia de la música sacra es el clericalismo y el abuso del estatus y posición clerical. Muchos clérigos que han recibido una pobre educación en la gran tradición de la música sacra siguen tomando decisiones sobre personas y políticas que contravienen el auténtico espíritu de la liturgia y la renovación de la música litúrgica por la que se ha abogado tantas veces en nuestros tiempos. Además, con gran frecuencia contradicen las enseñanzas del Vaticano II en nombre de un supuesto “espíritu del Concilio”. Por otra parte, especialmente en algunos países de vieja tradición cristiana, los miembros del clero tienen acceso a posiciones que no están abiertas a los laicos, en circunstancias de que hay músicos laicos perfectamente capacitados para dar a la Iglesia un servicio profesional igual o mejor.

6. Advertimos asimismo el problema de las remuneraciones inadecuadas (y a veces injustas) a los músicos laicos. La importancia de la música sacra en la liturgia católica exige en todas partes que por lo menos algunos miembros de la Iglesia estén bien educados, bien equipados y dedicados en estas materias a servir al Pueblo de Dios. ¿No es acaso verdadero que debemos dar a Dios lo mejor de nosotros? Nadie se asombra ni se altera al enterarse de que los médicos necesitan un salario para vivir, ni nadie aceptará que se le administre un tratamiento médico por voluntarios sin preparación; los sacerdotes tienen su salario, puesto que no pueden vivir si no comen, y si no comen no podrán prepararse en las ciencias teológicas ni celebrar dignamente la Misa. Si podemos pagar a los floristas y los cocineros que colaboran en las parroquias, ¿por qué habría de parecer raro que quienes realizan actividades musicales para la Iglesia tengan derecho a una justa compensación?[1]

Propuestas positivas

Podría parecer que lo que aquí hemos dicho es pesimista, pero tenemos la esperanza de que existe una forma de salir de este invierno. Presentamos aquí las siguientes propuestas in spiritu humilitatis, con el propósito de restaurar la dignidad de la liturgia y de su música en la Iglesia.

1. En nuestra calidad de músicos, pastores, académicos y católicos que amamos el canto gregoriano y la polifonía sacra, tan frecuentemente alabados y recomendados por el Magisterio, solicitamos que sea reconfirmada esta herencia, así como las composiciones sacras modernas, en latín o en lengua vernácula, que se inspiran en esta gran tradición, y pedimos que se den pasos concretos para su promoción en todas partes, en todas las iglesias del orbe, de modo que los católicos puedan cantar las alabanzas del Señor con una sola voz, un solo espíritu y un solo corazón, unidos en una cultura que supera todas sus diferencias. También pedimos que se vuelva a confirmar la importancia única del órgano de tubos para la sagrada liturgia debido a su singular capacidad de elevar los corazones hacia el Señor y por su perfecta adecuación para apoyar el canto de los coros y de las asambleas.

2. Es necesario que la educación del buen gusto musical y litúrgico comience con los niños. A menudo, algunos educadores sin formación musical creen que los niños no pueden apreciar la belleza del verdadero arte. Nada más lejos de la verdad. Si se usa una pedagogía que los ayude a acercarse a la belleza de la liturgia, los niños se formarán de un modo tal que verán robustecidas sus fuerzas, porque se les ofrecerá un nutritivo pan espiritual y no un alimento industrial aparentemente sabroso pero malsano (como ocurre en las “Misas para niños” que emplean música de inspiración pop). Sabemos por experiencia propia que cuando se hace oír a los niños tales repertorios, comienzan a apreciarlos y a desarrollar una relación más profunda con la Iglesia.

3. Para que los niños aprecien la belleza de la música y del arte, para que comprendan la importancia de la liturgia como fons et culmen de la vida de la Iglesia, debemos tener un laicado robusto que siga al Magisterio. Debemos abrir espacios a un laicado bien preparado en áreas vinculadas con el arte y la música. Hacen falta años de estudio para desempeñarse como músicos o educadores litúrgicos competentes. Es necesario reconocer este status “profesional”, y respetarlo y promoverlo de modo práctico. En relación con esto, sinceramente esperamos que la Iglesia siga trabajando contra ciertas obvias y sutiles formas de clericalismo, de modo que el laicado pueda contribuír plenamente en áreas donde la ordenación no es necesaria.

4. Debiera insistirse en que las catedrales y basílicas posean mayores estándares en relación con el repertorio y las competencias musicales. En cada diócesis el obispo debiera contratar al menos un director musical profesional y/o un organista que se guíen por instrucciones claras en lo relativo al fomento de la música litúrgica de excelencia en la catedral o basílica, y que constituyan un claro ejemplo de cómo combinar obras de la gran tradición con nuevas y apropiadas composiciones. Creemos que para esto hay un sólido principio en Sacrosanctum Concilium 23: “no se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes” (SC 23).

5. Queremos sugerir que en cada basílica y catedral se fomente la celebración de una Misa semanal en latín (en cualquiera de las dos formas del Rito Romano), de manera de preservar el vínculo que tenemos con nuestro pasado litúrgico, cultural, artístico y teológico. El hecho de que hoy muchos jóvenes estén redescubriendo la belleza del latín en la liturgia es, ciertamente, un signo de los tiempos, y nos urge a olvidar las luchas del pasado y buscar un enfoque más “católico” que se alimente de todos los siglos de culto católico. Con la actual disponibilidad de libros, folletos y recursos online, no habrá de ser difícil facilitar la participación activa de quienes deseen asistir a una liturgia en latín. Además, debiera fomentarse que cada parroquia celebre todos los domingos una Misa íntegramente cantada.

6. Para los obispos debiera ser una prioridad la educación litúrgica y musical del clero. Este tiene la responsabilidad de aprender y practicar las melodías litúrgicas, puesto que, de acuerdo con Musicam Sacram y otros documentos, debiera poder cantar las oraciones de la liturgia y no, simplemente, recitar las palabras. Por eso, en los seminarios y universidades debiera familiarizarse con la gran tradición de música sacra de la Iglesia y apreciarla, en armonía con el Magisterio y con el saludable principio de Mt. 13, 52: “Todo escriba instruído en el reino de los cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

7. Antiguamente los editores católicos tuvieron un gran papel en la difusión de buenos ejemplos de música sacra, antigua y nueva. Hoy esos mismos editores, aun perteneciendo a algunas diócesis o instituciones religiosas, difunden a menudo, por consideraciones puramente comerciales, música inapropiada para la liturgia. Muchos católicos fieles piensan que lo que los principales editores ofrecen está de acuerdo con la doctrina de la Iglesia Católica en lo referente a liturgia y música, en circunstancias de que ello frecuentemente no es así. Los editores católicos debieran tener como objetivo principal la educación de los fieles en la sana doctrina católica y en las buenas prácticas litúrgicas, y no el ganar dinero.

8. También es fundamental educar a los liturgistas. Así como los músicos necesitan comprender lo fundamental de la historia y la teología de la liturgia, así también los liturgistas deben ser educados en canto gregoriano, polifonía y en toda la tradición musical de la Iglesia, para que puedan discernir lo bueno de lo malo.

Conclusión

 En su encíclica Lumen Fidei el papa Francisco nos ha recordado cómo la fe vincula pasado, presente y futuro:

“en cuanto respuesta a la palabra que la precede, la fe de Abraham será siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino. De este modo, la fe, en cuanto memoria del futuro, memoria futuri, está estrechamente ligada con la esperanza (LF 10).

Este recuerdo, esta memoria, este tesoro que es nuestra tradición católica no es algo solamente del pasado, sino que es una fuerza vital en el presente, y siempre será un legado de belleza para las generaciones futuras. “Cantad al Señor, porque ha hecho proezas; ¡que sean conocidas en toda la tierra! ¡Exulta y grita de júbilo, tú que habitas en Sión, que es grande en medio de ti el Santo de Israel!” (Is. 12, 5).


[1] Véase el canon 231.

Los firmantes

Mº Aurelio Porfiri

Honorary Master and Organist for the Church of Santa Maria dell’Orto, Rome, Italy

Publisher of Choralife and Chorabooks, Editor of Altare Dei

 

Peter A. Kwasniewski, Ph.D.

Professor of Theology & Philosophy

Choirmaster

Wyoming Catholic College

 

Rev. Prof. Nicola Bux

 

M° Giorgio Carnini 

organista, compositore e direttore d’orchestra.

Presidente Associazione Camerata Italica.

Direttore artistico del festival e progetto “Un organo per Roma”.

Buenos Aires, Roma.

 

Prof. Giancarlo Rostirolla

Musicologo, Ricercatore, Accademico

Presidente dell’Istituto di Bibliografia Musicale

Direttore Artistico della Fondazione Giovanni Pierluigi da Palestrina

 

Most Rev. Athanasius Schneider

Auxiliary Bishop of Astana

President of the Liturgical Commission of the Conference of the Catholic Bishops of Kazakhstan

 

Right Reverend Archimandrite John A. Mangels

St. Augustine Antiochian Orthodox Christian Church, Denver CO

Founder of the Ambrosian Choristers

 

Rev. Brian W. Harrison, OS, MA, STD

Associate Professor of Theology (retired), Pontifical Catholic University of Puerto Rico,

Chaplain, St. Mary of Victories Chapel,

St. Louis, Missouri, U.S.A.

 

Fr. Thomas M. Kocik

Parish Priest, Fall River, Mass. (USA)

Past Editor, Antiphon: A Journal for Liturgical Renewal

 

+Abbot Philip Anderson 

Our Lady of Clear Creek Abbey / Hulbert, Oklahoma

 

David W. Fagerberg

Professor, Department of Theology

University of Notre Dame

 

Dr Joseph Shaw

Senior Research Fellow, St Benet’s Hall, Oxford University

 

Sir James MacMillan CBE

Composer and conductor

 

Kevin Allen

Composer

Chicago, IL, USA

 

William Peter Mahrt, Ph.D.

Associate Professor of Music, Stanford University, Stanford, California,

and President, Church Music Association of America

 

Peter Phillips

Founder and Director of the Tallis Scholars

Publisher of the Musical Times

Bodley Fellow, Merton College, Oxford

Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres

 

Martin Mosebach

German novelist & essayist,

Frankfurt am Main

 

Roberto Spataro

Docente ordinario Università Pontificia Salesiana

Segretario della Pontificia Academia Latinitatis

 

Dottor Ettore Gotti Tedeschi

Economista e banchiere

 

Prof. Dr. Massimo de Leonardis

Ordinario di Storia delle relazioni internazionali

Direttore del Dipartimento di Scienze Politiche

Università Cattolica del Sacro Cuore

Milano – Italia

 

Elisabeth Mosebach

Friherrinnan Akerhielm af Margrethelund,

Frankfurt am Main

 

Father Richard G. Cipolla

Pastor, St. Mary’s Church

Norwalk, CT

 

The Most Reverend Rene Henry Gracida, D.D.

Bishop Emeritus of Corpus Christi

 

Rev. James V. Schall, S.J.

Professor Emeritus

Georgetown University

Washington, DC, USA

 

Prof. Pier Paolo Donati

direttore di “Informazione Organistica”

già docente di Storia della Musica all’Università di Firenze

 

Fr. John Zuhlsdorf

Madison, WI

fatherzonline.com

 

Colin Mawby, K.S.G.    

Liturgical Composer and Master of Music at Westminster Cathedral 1961 – 1977

 

Frank J. La Rocca, Ph.D

Emeritus Professor of Music

Oakland, California

 

Rev. George William Rutler, M. St. (Oxon.), S.T.D., LL.D.

Pastor, Church of Saint Michael

New York City, New York

 

Vytautas Miskinis

Composer,Conductor, Professor

Artistic Director of Boy’s and Male Choir AZUOLIUKAS,

Professor of Lithuanian Academy of Music and Theatre,

President of Lithuanian Choral Union

 

Wilko Brouwers

Utrecht Center for the Arts

Gregorian Circle Utrecht

 

Scott Turkington

Director of Sacred Music

Holy Family Church & Holy Family Academy

Minneapolis, Minnesota, USA

 

Jeffrey Morse

Schola Gregoriana of Cambridge

 

The Revd J W Hunwicke

sometime Head of Theology, Lancing College; formerly Senior Research Fellow, Pusey House, Oxford; Priest of the Ordinariate of Our Lady of Walsingham

 

Christopher Mueller

Founder & President

Christopher Mueller Foundation for Polyphony & Chant

 

Massimo Lapponi O.S.B.

Monaco sacerdote professo dell’Abbazia Benedettina di Farfa

già docente di Etica e Filosofia della Religione presso il Pont. Ateneo di Sant’Anselmo

 

Patrick Banken

vice president of the International Federation Una Voce (FIUV) and president of Una Voce France.

 

Joel Morehouse, BM, M.Ed.

Director of Music, St. Ann’s Church, Syracuse, NY

 

Deacon Edward Schaefer, D.M.A.

Professor of Music

Associate Dean of the College of the Arts

University of Florida

 

Hugh Ballantyne

Tutor in New Testament Greek

Saint Philip’s Seminary

Toronto

 

James Likoudi

president emeritus, Catholics United for the Faith (CUF)

Montour Falls, NY

 

Deacon Timothy D. Woods, M.M.

Choral Conductor

Frankfort, IL, USA

 

Matthew Schellhorn

Faculty of Music, University of Cambridge

 

Dr. Philip Blosser, PhD

Professor of Philosophy

Sacred Heart Major Seminary

 

Fr. Basil Cole, OP, STD

Professor (Ordinarius)

Pontifical Faculty at the Dominican House of Studies

 

Very Rev. Mark Kirby, O.S.B.

Prior

Silverstream Priory

Stamullen, County Meath, Ireland

 

Very Rev. Dana R. Christensen, MA, KHS

Pastor, St. Mary of Mercy Catholic Church, Alexandria SD

 

The Rev. James W. Jackson, FSSP

Pastor, Our Lady of Mt. Carmel Parish

Littleton, CO   USA

 

Rev. Fr. John Saward M.A.

Fellow of Blackfriars Hall, University of Oxford, and Priest-in-charge, SS. Gregory and Augustine Church, Oxford.

 

Rev. Joseph W. Koterski, S.J.

Department of Philosophy

Fordham University

Bronx NY

 

Fr. Robert Fromageot, FSSP (STL, Dogmatic)

Parochial Vicar/Choir Director

St. Rose of Lima Catholic Church

Quincy, IL

 

Thomas Cattoi

Associate Professor of Christology and Cultures

Jesuit School of Theology at Santa Clara University and

Graduate Theological Union

Berkeley, CA

 

Dr. Thomas T. Howard, Ph.D.

Author; Professor of English (retired), Gordon College, Wenham, MA

 

Mr. Philip Joseph Fillion

B.M, M.S.M. Westminster Choir College ’17

Organist, St. Catharine & St. Margaret Parish

Spring Lake, NJ

 

Steven W. Medicis, M.B.A., M.P.A, M.S. 

Director of Music at Saint James Church, Syracuse, New York

Director of Music at Saint Joseph’s Church, LaFayette, New York

 

Fr Thomas Crean OP STD

Holy Cross Priory, Leicester

 

Fr. Joseph Illo

pastor Star of the Sea Parish

San Francisco, CA

 

Rev. Jeffrey Keyes

Chaplain, Marian Sisters of Santa Rosa

Theology Instructor, Cardinal Newman High School

Director, Schola Cantorum of St. Eugene Cathedral

Santa Rosa, CA, USA

 

Fr Stephen P. Turner

Curate, Anglican Church of Christ the King

Watertown, NY

 

Edward Tambling BA (Oxon) FRCO HonFASC

Assistant Director of Music,

St James’s Roman Catholic Church, Spanish Place,

London

 

Dr. Peter Kalkavage, Ph.D.

St. John’s College

Annapolis, MD

 

Henri Adam de Villiers

Maître de chapelle (rits romain et byzantin)

 

Dipl. Inf. Monika Rheinschmitt 

Choirmaster of Schola in Stuttgart

President of Pro Missa Tridentina

Treasurer of Foederatio Internationalis Una Voce

 

Luís Carlos Fortuna Henriques

PhD Candidate in Musicology, University of Évora, Portugal

Especiality Iberian sacred vocal polyphony of the sixteenth and seventeenth centuries

 

Susan Treacy, Ph.D.

Professor of Music

Ave Maria University

Ave Maria, FL

 

Rev. Robert C. Pasley, K.C.H.S.

Rector of Mater Ecclesiae, Berlin, NJ

Chaplain of the CMAA

 

Adam Michael Wood

Berkeley, CA

 

Rev. Fr. Francesco Giordano, STD

Human Life International, Rome Director

Angelicum University, Faculty of Theology

Rome, ITALY

 

Mr Christopher Hodkinson, M.A., M.Phil. (Cantab.)

Director, Schola Gregoriana of Cambridge (U.K.)

 

Kurt Poterack

Ph. D. in Music Composition

Master of the Choristers and Schola Gregoriana

Director of the Liturgical Music Minor

Christendom College

 

Jeffrey Quick, M.M.

Composer, Schola director, St. Sebastian, Akron OH

 

Stephen M. Collins

Musician

Stella Maris Church

Sullivan’s Island, South Carolina

 

Dr. Sean Lewis, Ph.D.

Assistant Professor of English

Mount St. Mary’s University

 

Gary D. Penkala

Editor

CanticaNOVA Publications

Charles Town, West Virginia

USA

 

Henry R. Gaida

Director of Music, Choirmaster of the St. Cecilia Choir and Choristers at

Our Lady of Czestochowa Church; Turners Falls, Massachusetts, USA

 

David Clayton

Iconographer

Provost, Pontifex University

Atlanta, Georgia, USA

 

Jessica Earle MMusPT 

Music Secretary

Newman Parish, Melbourne, Australia

 

Noel Jones, AAGO

Creative Director, Frog Music Press

Augusta, Kentucky, USA

 

Alex E. Hill, M.Mus

Director of Music and Liturgy

St. Mark Catholic Church

Wilmington, North Carolina, USA

 

Eugene Lavery

Organist & Director of Sacred Music

Saint Martin of Tours Catholic Church

Louisville, Kentucky, United States

 

Robert Reilly

Author and music critic

Washington, DC, USA

 

Rudy de Vos, DMA

Director of Music

The Cathedral of Christ the Light

Oakland, CA, USA

 

Andrzej Zahorski, DMA

Director of Music for Saint Anselm Parish, Creve Coeur, Missouri

 

R.J. Stove

Organist

Victoria, Australia

 

Ann Labounsky, Ph.D

Professor and Chair of Organ and Sacred Music

Mary Pappert School of Music

Duquesne University, Pittsburgh, PA

 

Rev. Christopher P. Gray, STL

Diocese of Salt Lake City

Casa Santa Maria, Rome

 

Craig Kesner M.Mus  

Director of Music and Principal Organist

Saint Joseph’s Parish

Martinsburg WV, USA

 

Patrick Stolz, M.M. 

Music Director

Cathedral of St. Mary

Cheyenne, Wyoming

 

Rev. Markus Christoph, SJM, PhD

Markt Erlbach, Germany

Organist

 

Geoff McInnes

Spokesman, Society of St. Dominic

Winnipeg, Manitoba, Canada

 

Mons. Ignaçio Barreiro Carambula, S.T.D., J.D. 

Chaplain and Faculty Member of the Roman Forum

 

Rev. Paul Schindele, SJM

General Superior of the Servi Jesu et Mariae

Blindenmarkt, Austria

 

Philippe Guy

Cantor and Master of Ceremonies

Paris, France

 

Michael P. Foley

Associate Professor of Patristics

Honors College

Baylor University

Waco, Texas

 

Adam Taylor

Composer and Musician

Keedysville, MD, USA

 

Mary C. Weaver

Director, Pope Benedict XVI Schola

Knoxville, Tennessee

 

Daniel Schmidt, Mag. phil. Mag. art.

Abbey organist, Stift Heiligenkreuz, Austria

Lecturer for liturgical chant at the Papal Philosophical-Theological Institute Benedict XVI Heiligenkreuz, Austria

 

Mirjam Schmidt

Musician, Lecturer

Conservatory for Sacred Music, St. Pölten, Austria

 

The Revd Mgr Andrew Burnham MA(Oxon), ARCO(CHM)

Assistant to the Ordinary,

Personal Ordinariate of Our Lady of Walsingham

St Mary’s Catholic Church

 

Dom Daniel Augustine Oppenheimer, CRNJ, STL

Prior, Canons Regular of the New Jerusalem

Priory of the Annunciation of the Blessed Virgin Mary

Charles Town, WV, USA

 

Edmund Waldstein, O.Cist. 

Vizedirektor, Überdiözesanes Priesterseminar Leopoldinum,

Heiligenkreuz, Austria

 

Dr Nicholas Bannan

Co-ordinator of Graduate Studies and Director of The Winthrop Singers

School of Music

University of Western Australia

 

James Bogle, Esq.

Barrister of the Middle Temple, London

Vice-Chairman the Catholic Union of Great Britain

Former President of the International Una Voce Federation

 

William J. Tighe, Ph.D.

Professor of History

Muhlenberg College

Allwntown, PA, USA

 

Jeffrey M. Alban, D.M.A.

Director of Music & Organist

Saint John the Baptist Church

Front Royal, VA, USA

 

Dr. Daria Spezzano

Assistant Professor, Theology

Providence College

Providence, RI, USA

 

Fr Kenneth M. Bolin

Chaplain (Major), US Army

Pastor, Most Holy Trinity Catholic Chapel, US Military Academy

West Point, NY, USA

 

L’Abbé Claude Barthe

Cappellano pellegrinaggio Summorum Pontificum

 

Fr Seán Finnegan MA BTh

Parish Priest (Pastor), Diocese of Arundel and Brighton, England

Lecturer in Church History at St John’s Seminary, Wonersh

 

Dr Timothy Kelly

Professor of Dogmatic Theology

International Theological Institute, Austria

 

Fr. Eduard Perrone

Pastor and Choir Master

Assumption Grotto Church

Detroit, Michigan, USA

 

Olavo de Carvalho

Brazilian Philosopher and Author

 

Raúl del Toro Sola

Organ Teacher at the Conservatorio Superior de Música de Navarra (Spain)

 

Dr Ann Buckley PhD

Visiting Research Fellow

Trinity College Dublin

Ireland

 

Timothy Bowser, BME, MA

Music Educator

Cheyenne, Wyoming, USA

 

Trevor Rowland

Director of Music and Liturgy

St. Mary Catholic Church

Hagerstown, Maryland, USA

 

Rev. Brian Van Hove, SJ, MA, MTh/ STL, PhD

Chaplain, The Religious Sisters of Mercy of Alma

Alma, MI

 

June Bowser, B.Mus.

M.Mus. Cantor & Instructor of Voice

Cheyenne, WY

 

Dr. Gregory Hamilton

Director of Sacred Music

Holy Trinity Seminary

Irving (Dallas) Texas

 

Rt Rev Fr Xavier Perrin OSB

Abbot of Quarr Abbey (UK)

 

Judith Christoph

Austria.

Head of the Ancillae Domini

 

Christoph Matthias Hagen

Cantor

Innsbruck, Austria

 

Rick Wheeler

Music Director, Our Lady of Mount Carmel, Littleton, CO, USA

Artistic Director, Vittoria Ensemble, Denver

 

Janet Floyd Gorbitz

General Manager, Church Music Association of America

 

Wassim Sarweh (ARCT)

Music Director/Organist/Cantor

St Benedict and St Alphonsus

Windsor, Ontario, Canada

 

B. Andrew Mills

Organist and Choirmaster

Old St. Patrick’s Church

New Orleans, Louisiana, USA

 

Kathy Reinheimer

Director, Regina Pacis Cantorum; Reno, NV, USA

 

Frederick Lautzenheiser

Schola Director and Organist

Immaculate Conception Church Cleveland, OH, USA

 

Royce Nickel

Music Director

Fresno Latin Mass Society

Fresno, CA, USA

 

Ron Andrico

Author, publisher, church musician Director of Mignarda Ensemble

Cleveland Heights, OH

 

Rev Brendan Kelly

Pastor, St. Wenceslaus Catholic Church, Bee, Nebraska

Chairman of Philosophy Department, St. Gregory the Great Seminary, Seward, Nebraska

Member of the Diocesan Liturgical Commission, Diocese of Lincoln, Nebraska

 

Mary Jane Ballou

Director, Cantorae St. Augustine

St. Augustine, Florida, USA

 

Frank Lawrence

Assistant Professor, UCD School of Music, University College Dublin, Ireland

 

Mindaugas Kubilius

Ad Fontes Project

Vilnius, Lithuania

 

Christopher J. Garton-Zavesky

Organist, Oratory of the Immaculate Heart of Mary at Five Wounds Portuguese National Church

Santa Clara, California, USA

 

Peter Mahon

Artistic Director, Tallis Choir, Toronto

Director of Music, Lorne Park Baptist Church, Mississauga, Ontario

Assistant Conductor, St. Michael’s Choir School, Toronto

 

Raymond Ortiz

Choir Master

Pax Christi Catholic Church

Littleton, CO, USA

 

Pierre Masse

Director of Music

Saint Jude’s Catholic Church

Lincoln, Rhode Island, USA

Director, Ecclesia Consort of New England

 

Matthew Menendez

Co-Founder, Pro Civitate Dei

Saint Louis, MO, USA

 

Aaron James, PhD, DMA, FRCCO 

Director of Music

St Mary’s, Auburn, NY

 

Fr. Paul Felix

Pastor

Annunciation Catholic Church

Houston, Texas, USA

 

Rev. Thomas Buffer, STD 

Composer and organist

Pastor, St. Mary Church, Marion, Ohio

Pastor, Sacred Hearts Church, Marion, Ohio

Lecturer, International Marian Research Institute, Dayton, Ohio Marion, Ohio, USA

 

Nick Botkins

Director of Sacred Music/Master of the Choirs

Saint Francis de Sales Oratory

Institute of Christ the King Sovereign Priest

Saint Louis, MO, USA

 

Dr Graeme D. Adamson

MB ChB (Honours)

Music Director, Cantiones Sacrae

Dundee, Scotland, UK

 

Msgr. Arthur B. Calkins, S.T.D.

Chaplain

Christopher Inn

New Orleans, LA, USA

 

Pe. Sérgio Cavalcante Muniz

Professor and Doctor of Theology in the S. Joseph Archdiocesan Seminary, Rio de Janeiro, Brazil

Pastor of Our Lady of Fátima, Alto da Boa Vista, Rio de Janeiro

 

Fr. Jay A. Finelli, Mdiv

Pastor – Church of the Holy Ghost

Tiverton, Rhode Island U.S.A.

 

Mr Maghnus Monaghan

Master of Liturgical Music (MLM)

Choir Director, St Eugene’s Cathedral, Derry, Northern Ireland

 

Linda Schafer

Editor, St. Michael Hymnal

St. Boniface Parish

Lafayette, Indiana

 

Cons. Giuseppe Capoccia, 

magistrato, Crotone

 

Padre Alessandro Ratti, OFM conv.

docente di teologia all’ITSAD – Padova,

Cappellano dell’Arciconfraternita di Sant’Antonio di Padova

 

Aldo Caputo

Cantante lirico

 

Nicholas E. Lemme

Director of Sacred Music

Our Lady of Guadalupe Seminary

St. Francis of Assisi Chapel and Children’s Choirs

Lincoln, NE  USA

 

Fr. David Vincent Meconi, SJ

Saint Louis University

Editor, Homiletic & Pastoral Review

 

Paul Jernberg 

Music Director, St. Monica and St. Lucy Parishes, Methuen, MA

Composer-in-Residence, Thomas More College, Merrimack, NH, USA

 

Mº sac. Giuseppe Grassi 

arcidiocesi di Brindisi-Ostuni

 

Roman Chlada, MA

Kirchenmusiker & Präsident der Una Voce Austria

 

Paul Livingston BA

Secretary, Musica Sacra Scotland

 

The Rev’d Father Philip Andrews BA, STL

 

Sr Jean Willcox ocd

Qualifications AGSM, BA(Hons), PhD Honorary.

Position Carmelite nun and Core Group Member of Monastic Musicians UK

 

Mº Ivano Scavino

Direttore Artistico

Fondazione Scuola di Alto Perfezionamento Musicale

 

Mr Philip Evans

Director of the Byron Consort and House Master of Moretons, Harrow School

Bachelor of Arts and Postgraduate Certificate of Education, University of East Anglia

Licentiate of Trinity College of Music, London

 

Fr Guy de Gaynesford

Rector, School of the Annunciation,

Buckfast, England

 

Dr James Holland, BA, M.Litt., PhD

Under Master

Harrow School

London, England

 

Joseph Cullen

MA Cambridge University, FRCO

Formerly Organist of Westminster Cathedral

And Director of the London Symphony Chorus

 

Prof. Roberto Marini 

Docente associato d’organo presso il Pontificio Istituto di Musica Sacra in Roma

Organista titolare della Cattedrale di Teramo

 

Giovanni Zordan

concertista, docente di Violino e Musica di insieme per archi  al Liceo Musicale di Castelfranco Veneto

 

Dr John P. Rowntree, Ph.D, M.Ed., ARCM, LLCM, Adv. Dip. Ed.

Director of the Choir and Organist and Assistant to the Monastic Choirmaster, Douai Abbey,

Upper Woolhampton, England.

Accredited Member of the Association of Independent Organ Advisers

 

Nicholas J. Will

Assistant Professor of Music

Franciscan University of Steubenville, Ohio, USA

 

sac. Mariusz Białkowski 

semiologo, gregornanista

Poznań, Polonia

 

Andris Amolins, Dr. phil-nat.

Chairman of Una Voce Latvija

Co-founder of Schola Sancti Meinardi

 

Sr. Susi Ferfoglia

(organista, gregorianista)

Cracovia PL

 

Heitor Caballero

Music Director

St. Agnes Church

NY

 

Carmen Luisa Letelier

Professor at the University of Chile

Recipient of Chilean National Music Award (2010)

 

Fr. Milan Tisma

Chaplain to the Asociación Liturgica Magnificat

Author of “Magnificat: Manual litúrgico-musical en preguntas y respuestas” (2004)

 

Luis González

Organist, choirmaster of the Asociación Litúrgica Magnificat

 

Amalia Letelier

Lecturer at the Institute of Music of the University San Alberto Hurtado Teacher at Saint Ursula, Santiago Leader, Coro de la Universidad Andrés Bello, Santiago

 

Rev. Michael P. Forbes, MDiv  MEv., GCTJ, OHS

Retired Chaplain

St. Cecilia Choir School

Rochester, MN

 

Jaime Carter

Organist

Organ Teacher at the University of Chile

 

Samantha Dawson

Head Organist

Our Lady of Mt. Carmel Catholic Church

Littleton, CO, USA

 

Katharine Mahon

Director, Corpus Christi Children’s Choir

Toronto, Ontario, Canada

 

Samuel A. Schmitt, MLM, Ph.D.

Director of Sacred Music, The Cathedral Parish, Bridgeport, CT, USA

 

Michael G. Sirilla, Ph.D.

Professor of Dogmatic and Systematic Theology

Director of Graduate Theology

Franciscan University of Steubenville

 

Blanaid Murphy

MA( Cantab) ARCO KA Diplom (Stuttgart)

Director, Palestrina Choir, St Mary’s Pro-Cathedral, Dublin

Director, St. Mary’s Pro-Cathedral Girls’ Choir, Dublin

 

Christopher J. Malloy

Associate Professor of Theology, The University of Dallas

Associate Editor, Nova et Vetera

 

Neil Wright 

Organist, St Michael’s Abbey ,

Farnborough, UK

 

Fr Reto Nay, SSD

Glion, Switzerland

 

Dr. Jarred Tafaro

Director of Sacred and Liturgical Music

St. Catharine-St. Margaret Parish

Spring Lake, New Jersey

 

Fr. John Rickert, Ph.D., FSSP

Pastor, Immaculate Conception Church

Omaha, Nebraska

 

Lt-Col (Rev.) Paul Acton

Commandant Canadian Forces Chaplain School

Canadian Forces Base Borden

 

Prof. Jacques Viret

musicologue français,

Université de Strasbourg

 

Damien Poisblaud

chanteur français spécialisé dans le chant grégorien,

directeur des Chantres du Thoronet

 

Christopher J. E. Jeffries

Organist

Bristol, U.K.

 

Joan Dillon

Director

Academy of Sacred Music

Scotland

 

Miss Julia Jones

B.A. (Hons) Dunelm,

Schola director, Kent, UK

Trustee, Schola Gregoriana of Cambridge

 

Andrew Robson

Salisbury, Wiltshire, UK

 

Stephen Wood

Music teacher and composer

Princes Risborough, Buckinghamshire, UK

 

Robert O’Farrell

Choir Master and Organist

Church of the Good Shepherd, Woodthorpe, Nottinghamshire, UK

 

Mr. Frederick Stone

Chairman, Una Voce Scotland

 

Clare Bowskill

Director of Music

St Mary Magdalen’s

Brighton, UK

 

Alastair J. Tocher

Director

Schola Gregoriana Malverniensis

U.K.

 

Robert Brookes

Cantor

Maybole, UK

 

Thomas More Hagger

Choirmaster and Organist

Seaford, East Sussex, UK

 

Noreen O’Carroll

Blackrock, Dublin, Ireland

 

Adrian Taylor, MA 

Organist, Church of Our Lady

St John’s Wood, London, UK

 

Kevin G. Jones

Secretary, Latin Mass Society of England and Wales

 

Austin Murphy

Director of Music

St Joseph’s Church, Bradford, UK

Former Master of the Music

St Anne’s Cathedral, Leeds, UK

 

Jim Roche

Convenor of The Cantors of the Holy Rude

Stirling, UK

 

Francis Bevan

Professional Editor of Renaissance Music

London, UK

 

Thomas J. D. Neal, MPhil (Cantab)

Director of Music

Shrine of St. Augustine of England, Ramsgate, UK

 

Dr Ben Whitworth

Founding director, the Orkney Schola

Orkney, SCOTLAND

 

Dom Benedict Hardy, OSB

Choirmaster

Pluscarden Abbey, Scotland

 

Rev. Joseph D. Santos, Jr.

Administrator, The Church of the Holy Name of Jesus

Providence, RI, USA