La espiritualidad del cantor litúrgico

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Excepto las melodías propias del celebrante y los ministros, las cuales han de cantarse siempre con música gregoriana, sin ningún acompañamiento de órgano, todo lo demás del canto litúrgico es propio del coro de levitas; de manera que los cantores de iglesia, aun cuando sean seglares, hacen propiamente el oficio de coro eclesiástico.Tra le Sollecitudini, 12.

Esta cita del Motu Proprio del Papa San Pio X nos recuerda un aspecto fundamental del oficio de cantor litúrgico que muy a menudo se olvida hoy en día: el cantar la liturgia hace parte del ministerio sacerdotal, y por ello, quien desempeña el oficio de cantor litúrgico está participando de cierta forma, del ministerio del sacerdote. En algunos lugares el cantor fue una de las órdenes menores del sacerdocio y en otros se consideraba parte de la orden sagrada del lector. En los cabildos catedralicios es frecuente que uno de los canónigos tenga la distinción de “cantor de la Catedral” siendo encargado de dirigir las Scholae Cantorum que hubiere.

En este orden, es imprescindible que todos quienes desempeñan este oficio reconozcan la dignidad de la que participan y la responsabilidad que ello les impone. Así como el sacerdote participa del sacerdocio eterno de Jesucristo al servir en el altar y renovar el sacrificio pascual de Jesús en la cruz, el cantor litúrgico participa de aquel “himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales” (Sacrosanctum Concilium, 83), y une su voz a la de “todos los coros celestiales” (Prefacio del Rito Romano). Así como el sacerdote ha de saber que el milagro eucarístico no le pertenece, y no debe modificar los textos establecidos por la Iglesia, así mismo el cantor litúrgico ha de saber que no le corresponde cantar según su gusto, sino aquello que la Iglesia dispone para cada momento de la liturgia.

¿Cuál ha de ser la espiritualidad particular de quien se dedica al oficio de la música litúrgica? Tomando las características de la Música Sacra expuestas por San Pío X en el Motu Proprio antes mencionado, quisieramos proponer un esquema muy elemental.

El cantor litúrgico debe ser santo

De igual forma que la Música Sacra, que “debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo profano”, quien se dedica al ministerio del canto en la liturgia de la Iglesia debe llevar una vida santa, y trabajar por excluir de ella toda mundanidad, todo afecto por sí mismo o por las realidades temporales que pueda ensombrecer su intención a la hora de servir a la Iglesia. Por eso es que en el mismo documento, el Papa Sarto establece que “no se admitan en las capillas de música sino hombres de conocida piedad y probidad de vida, que con su modesta y religiosa actitud durante las solemnidades litúrgicas se muestren dignos del santo oficio que desempeñan.”

Tal vez la mayor tentación que persigue al músico es la de la vanagloria. En los diálogos de Fray Juan de los Ángeles se narra que “cantando en una iglesia unos músicos con gran destreza y armonía, un santo que se halló allí en aquella sazón vio a un demonio en lo alto de la capilla mayor, que con la mano izquierda tenía un costal abierto y con la derecha recogía las voces y las metía en él, hasta que se le hinchó. Acabado el oficio, los músicos, como tienen de costumbre, comenzaron entre sí a alabar sus motetes y canto de órgano,[…] el siervo de Dios que oyó la plática, llegose a ellos y les dijo: “muy bien habéis cantado, supuesto que quedó lleno el costal”. Admirados de esto y sabido por qué lo decía, se confundieron mucho, y se avergonzaron de lo que poco antes se estaban gloriando”.

Pocos artistas tienen menos para gloriarse a sí mismos que los músicos. Pocos artístas dependen más de sus precondiciones físicas que el músico. Desde el “oído”, o sea la capacidad de la persona para reconocer alturas y afinarlas, hasta la fisionomía que determina el registro, timbre y color de su voz, pasando por sus capacidades motrices y de coordinación si además toca un instrumento. Ciertamente muchas de estas condiciones dependen de la educación musical recibida desde niño y el esfuerzo que el músico haga para mejorar sus habilidades y entrenar su cuerpo, pero en todo caso, todo lo que el músico logre respecto de su arte, es un don recibido sin merecerlo.

La vida del músico católico ha de ser de una permanente oración y vigilancia de sus propios deseos e intenciones. Recordar que todo cuanto ha recibido es de Dios y nada de cuanto se le ha dado a entonar le pertenece realmente. Por lo tanto, el cantor litúrgico ha recibido de Dios el don de la música y al servirle en la liturgia ha de hacer suyas las palabras del Evangelio: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.” (Lc 17, 10)

El cantor litúrgico debe ser un verdadero artista

En la liturgia, la Iglesia ha dispuesto que para Dios siempre sea lo mejor, tanto en la preparación del celebrante y los ministros, la materia y forma de los lugares y objetos empleados como en la perfección con que las celebraciones son ejecutadas. En este orden, la Iglesia siempre tuvo un muy alto estándar para la música en la liturgia, pues si el propósito de esta es “añadir más eficacia al texto mismo, para que por tal medio se excite más la devoción de los fieles y se preparen mejor a recibir los frutos de la gracia”, no podía admitirse sino la música más excelente cuya belleza inspirara a los hombres a desear los misterios divinos.

Por tal motivo, si la música litúrgica “debe tener arte verdadero”, entonces el que se dedica a la música litúrgica ha de ser un verdadero artista. El concepto de arte refiere por un lado a la actividad creativa del ser humano, por medio de la cual produce algo nuevo y bello, y por el otro, un conjunto de técnicas y habilidades que permiten al artista elaborar lo que se ha propuesto, de modo que el resultado refleje las características estéticas que en la mente del artista hacían a la obra digna de ser ejecutada. Por eso afirma Santo Tomás de Aquino:

El arte no es otra cosa que la recta razón de algunas obras que se han de hacer, cuya bondad, sin embargo, no consiste en que el apetito humano se haya de un modo determinado, sino en que la misma obra que se hace sea buena en sí misma; pues a un artífice, en cuanto artífice, no se le alaba por la voluntad con que realiza la obra, sino por la cualidad de la obra que realiza. (Suma Teológica, Parte I-IIae – Cuestión 57, Artículo 3)

En este sentido, para que una obra sea considerada arte, y su autor un artista, no basta con el mero acto creativo o que lo producido sea original, sino que la obra ha de reunir una serie de elementos estéticos que la hagan bella, es decir, que sea “buena en sí misma”. El artista, pues, no puede limitarse a idear creaciones bellas en su mente, sino que ha de poseer las habilidades y dominar la técnica requerida para que esa belleza pueda plasmarse de forma objetiva en su creación. Ahora bien, toda bondad y belleza en las formas creadas proviene de las perfecciones de su creador que ha querido dejar así su impronta en la creatura. La belleza que el hombre puede encontrar en el mundo sensible no es más que el sello de autoría con el que Dios busca ser reconocido por esa ley natural del corazón humano que le impone la búsqueda incansable de lo perfecto.

Todo arte requiere de una “recta razón”, un principio de orden que convierta la materia informe en signo de la divina belleza, que convierta la roca en escultura, o que de las palabras obtenga un poema. En el arte de los sonidos, ese principio de orden se encuentra en las consonancias y ritmos que permiten organizar tiempos, alturas y timbres de forma armónica. Así pues, el músico católico debe entrenarse en el uso y estudio de tales consonancias y ritmos si de verdad quiere ser capaz de producir obras bellas y dignas de ser empleadas en la liturgia. Aún cuando no se trate de un compositor sino de un intérprete, nada podrá lograr sin el estudio y la práctica para el mejoramiento constante de sus habilidades.

Aquí, la tentación más común es la de la mediocridad. Sea porque la liturgia de la Iglesia tiene un carácter cíclico y recurrente, sea porque en muchas ocasiones los sacerdotes o asambleas no tienen criterios de apreciación musical, sea por la poca competencia en cuanto a calidad, es notoria en muchos músicos la tendencia a ir por lo fácil. El abandono del patrimonio musical tradicional y la introducción de lo que se conoce como “música religiosa popular” y los ritmos profanos, han contribuido a esta situación. Pudiendo sacar piezas de tres acordes en la guitarra y un estrecho registro vocal, que de paso la gente ya conoce y canta aunque lo haga mal ¿Quién optará por el esfuerzo, tanto en estudio como en práctica, que requiere preparar piezas polifónicas o de Canto Gregoriano? Respuesta: Quien de verdad ame a Dios como para ofrecerle siempre lo mejor de sí.

El cantor litúrgico debe ser católico

Esta afirmación pareciera ser una redundancia, pues dado que estamos hablando de la liturgia de la Iglesia Católica, es evidente que se espera de los músicos que participen en ella el ser también católicos (Ojo, no siempre ocurre y los resultados no han sido buenos). Aquí, el ser católico se refiere al hecho de que la liturgia, como participación del sacrificio de Cristo hacia el Padre Celestial, pertenece exclusivamente a la Iglesia Católica, en sentido universal.

En un primer sentido, todo artista católico que desea ofrecer lo mejor de su arte a Dios, necesita estudiar y profundizar en las verdades de Fe que trata de representar. Como decía el dibujante y animador argentino, Carlos Pérez Agüero: “Todo artista tiene que conocer desde el fondo – qué es lo que da realmente vida a una obra de arte – cuál es el espíritu que obra dentro de ella y le engendra. Si el espíritu católico no dio a luz verdaderamente a la obra esta no resultará sacra, no será apta ni siquiera para decorar el templo, y menos aún para acompañar la acción litúrgica. ” No basta sólo con componer o interpretar bellas melodías y motetes, se requiere que tanto el compositor como el cantante conozcan a fondo lo que la Iglesia propone y lo que la liturgia significa en cada uno de los momentos que se quiere musicalizar.

Por otra parte, aunque en el mismo orden, el artista debe reconocer que la liturgia pertenece a la Iglesia Católica y no al gusto propio o el de su comunidad parroquial. Como se dijo previamente, así como la Iglesia establece que ningún sacerdote puede alterar, modificar o suprimir a su antojo los textos o partes de la liturgia, ningún cantor litúrgico puede modificar o cambiar el texto o transgredir las exigencias formales que la Iglesia estableció para la liturgia. Con esto nos referimos a una tentación frecuente en muchas parroquias o movimientos apostólicos que excusan el uso de música y textos no apropiados para la liturgia en el simple hecho de ser esa comunidad en específico. El afecto a ciertas costumbres y excesos particulares de una comunidad religiosa, en detrimento de lo que la Iglesia Católica ha establecido como norma universal, es un peligroso conato de sectarismo y de alejamiento de la Fe Católica.

En conclusión, el cantor litúrgico debe ser santo, es decir que debe esforzarse constantemente por la purificación interior, por una aproximación humilde a su labor de músico; debe ser un verdadero artísta, y por lo tanto, ser conciente de que la dignidad de los misterios litúrgicos le exige dar siempre lo mejor de sí y trabajar sin descanso por perfeccionar su arte; y debe ser católico, debe estudiar y conocer la Fe Católica, así como las disposiciones litúrgicas para saber cumplir debidamente con aquello que la Iglesia Católica ordena. Se trata, sin lugar a dudas de un camino de humildad. Humildad para aceptar la primacía de la gracia y no vanagloriarse de lo conseguido. Humildad para reconocer lo mucho que se ha de mejorar. Humildad para someterse siempre al criterio de la Santa Madre Iglesia.

Arvo Pärt: “¿Ya le has dado gracias a Dios por este fracaso?”

Arvo Pärt

Compartimos con ustedes, queridos lectores, estas palabras del reconocido compositor de Música Sacra, Arvo Pärt, con ocasión de su doctorado honoris causa, otorgado por el Seminario de Teología San Vladimir en Nueva York, en mayo de 2014. Como el video y los subtítulos están en Inglés, les ofrecemos nuestra traducción:

Por favor, permitidme algunas reflexiones de mis diarios musicales.

En el monasterio Pühtitsa, en Estonia.

“¿Ya le has dado gracias a Dios por este fracaso?” Estas palabras inesperadas fueron dichas por una pequeña niña, lo recuerdo exactamente, el 25 de julio de 1976. Yo estaba sentado en el patio del monasterio, en una banca, a la sombra de los arbustos, con mi cuaderno.
-¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás escibiendo?- la niña, que tenía alrededor de 10 años, me preguntó.
-Estoy tratando de escribir música, pero no está saliendo bien- le dije.
Y entonces, la inesperada respuesta de ella:
-¿Ya le has dado gracias a Dios de este fracaso?-

El instrumento musical más sensible es el alma humana. El siguiente es la voz humana. Uno debe purificar el alma hasta que comience a sonar. Un compositor es un instrumento musical, y a la vez, el intérprete de ese instrumento. El instrumento tiene que estar en orden para producir sonido. Uno debe empezar por ahí, no con la música. A través de la música, el compositor puede saber si su alma está afinada y en qué clave.

Dios teje al hombre dentro del vientre de su madre, lenta y sabiamente. El arte debe nacer de una forma similar, ser un mendigo cuando se trata de escribir música: lo que sea, como sea, y cuando sea, lo que Dios da. No deberíamos lamentarnos por escribir poco y pobremente, sino porque rezamos poco y pobremente, y tibiamente, y vivimos en el camino errado. El criterio debe ser siempre y únicamente la humildad.

La música es mi amiga; siempre comprensiva, compasiva, indulgente. Es un consuelo. El pañuelo para secar mis lágrimas de tristeza. La fuente de mis lágrimas de alegría. Mi liberación y mi vuelo. Pero también una espina dolorosa en mi carne y mi alma. Esto me hace sobrio y me enseña la humildad.

Gracias, perdonadme por favor.