La espiritualidad del cantor litúrgico

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Excepto las melodías propias del celebrante y los ministros, las cuales han de cantarse siempre con música gregoriana, sin ningún acompañamiento de órgano, todo lo demás del canto litúrgico es propio del coro de levitas; de manera que los cantores de iglesia, aun cuando sean seglares, hacen propiamente el oficio de coro eclesiástico.Tra le Sollecitudini, 12.

Esta cita del Motu Proprio del Papa San Pio X nos recuerda un aspecto fundamental del oficio de cantor litúrgico que muy a menudo se olvida hoy en día: el cantar la liturgia hace parte del ministerio sacerdotal, y por ello, quien desempeña el oficio de cantor litúrgico está participando de cierta forma, del ministerio del sacerdote. En algunos lugares el cantor fue una de las órdenes menores del sacerdocio y en otros se consideraba parte de la orden sagrada del lector. En los cabildos catedralicios es frecuente que uno de los canónigos tenga la distinción de “cantor de la Catedral” siendo encargado de dirigir las Scholae Cantorum que hubiere.

En este orden, es imprescindible que todos quienes desempeñan este oficio reconozcan la dignidad de la que participan y la responsabilidad que ello les impone. Así como el sacerdote participa del sacerdocio eterno de Jesucristo al servir en el altar y renovar el sacrificio pascual de Jesús en la cruz, el cantor litúrgico participa de aquel “himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales” (Sacrosanctum Concilium, 83), y une su voz a la de “todos los coros celestiales” (Prefacio del Rito Romano). Así como el sacerdote ha de saber que el milagro eucarístico no le pertenece, y no debe modificar los textos establecidos por la Iglesia, así mismo el cantor litúrgico ha de saber que no le corresponde cantar según su gusto, sino aquello que la Iglesia dispone para cada momento de la liturgia.

¿Cuál ha de ser la espiritualidad particular de quien se dedica al oficio de la música litúrgica? Tomando las características de la Música Sacra expuestas por San Pío X en el Motu Proprio antes mencionado, quisieramos proponer un esquema muy elemental.

El cantor litúrgico debe ser santo

De igual forma que la Música Sacra, que “debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo profano”, quien se dedica al ministerio del canto en la liturgia de la Iglesia debe llevar una vida santa, y trabajar por excluir de ella toda mundanidad, todo afecto por sí mismo o por las realidades temporales que pueda ensombrecer su intención a la hora de servir a la Iglesia. Por eso es que en el mismo documento, el Papa Sarto establece que “no se admitan en las capillas de música sino hombres de conocida piedad y probidad de vida, que con su modesta y religiosa actitud durante las solemnidades litúrgicas se muestren dignos del santo oficio que desempeñan.”

Tal vez la mayor tentación que persigue al músico es la de la vanagloria. En los diálogos de Fray Juan de los Ángeles se narra que “cantando en una iglesia unos músicos con gran destreza y armonía, un santo que se halló allí en aquella sazón vio a un demonio en lo alto de la capilla mayor, que con la mano izquierda tenía un costal abierto y con la derecha recogía las voces y las metía en él, hasta que se le hinchó. Acabado el oficio, los músicos, como tienen de costumbre, comenzaron entre sí a alabar sus motetes y canto de órgano,[…] el siervo de Dios que oyó la plática, llegose a ellos y les dijo: “muy bien habéis cantado, supuesto que quedó lleno el costal”. Admirados de esto y sabido por qué lo decía, se confundieron mucho, y se avergonzaron de lo que poco antes se estaban gloriando”.

Pocos artistas tienen menos para gloriarse a sí mismos que los músicos. Pocos artístas dependen más de sus precondiciones físicas que el músico. Desde el “oído”, o sea la capacidad de la persona para reconocer alturas y afinarlas, hasta la fisionomía que determina el registro, timbre y color de su voz, pasando por sus capacidades motrices y de coordinación si además toca un instrumento. Ciertamente muchas de estas condiciones dependen de la educación musical recibida desde niño y el esfuerzo que el músico haga para mejorar sus habilidades y entrenar su cuerpo, pero en todo caso, todo lo que el músico logre respecto de su arte, es un don recibido sin merecerlo.

La vida del músico católico ha de ser de una permanente oración y vigilancia de sus propios deseos e intenciones. Recordar que todo cuanto ha recibido es de Dios y nada de cuanto se le ha dado a entonar le pertenece realmente. Por lo tanto, el cantor litúrgico ha recibido de Dios el don de la música y al servirle en la liturgia ha de hacer suyas las palabras del Evangelio: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.” (Lc 17, 10)

El cantor litúrgico debe ser un verdadero artista

En la liturgia, la Iglesia ha dispuesto que para Dios siempre sea lo mejor, tanto en la preparación del celebrante y los ministros, la materia y forma de los lugares y objetos empleados como en la perfección con que las celebraciones son ejecutadas. En este orden, la Iglesia siempre tuvo un muy alto estándar para la música en la liturgia, pues si el propósito de esta es “añadir más eficacia al texto mismo, para que por tal medio se excite más la devoción de los fieles y se preparen mejor a recibir los frutos de la gracia”, no podía admitirse sino la música más excelente cuya belleza inspirara a los hombres a desear los misterios divinos.

Por tal motivo, si la música litúrgica “debe tener arte verdadero”, entonces el que se dedica a la música litúrgica ha de ser un verdadero artista. El concepto de arte refiere por un lado a la actividad creativa del ser humano, por medio de la cual produce algo nuevo y bello, y por el otro, un conjunto de técnicas y habilidades que permiten al artista elaborar lo que se ha propuesto, de modo que el resultado refleje las características estéticas que en la mente del artista hacían a la obra digna de ser ejecutada. Por eso afirma Santo Tomás de Aquino:

El arte no es otra cosa que la recta razón de algunas obras que se han de hacer, cuya bondad, sin embargo, no consiste en que el apetito humano se haya de un modo determinado, sino en que la misma obra que se hace sea buena en sí misma; pues a un artífice, en cuanto artífice, no se le alaba por la voluntad con que realiza la obra, sino por la cualidad de la obra que realiza. (Suma Teológica, Parte I-IIae – Cuestión 57, Artículo 3)

En este sentido, para que una obra sea considerada arte, y su autor un artista, no basta con el mero acto creativo o que lo producido sea original, sino que la obra ha de reunir una serie de elementos estéticos que la hagan bella, es decir, que sea “buena en sí misma”. El artista, pues, no puede limitarse a idear creaciones bellas en su mente, sino que ha de poseer las habilidades y dominar la técnica requerida para que esa belleza pueda plasmarse de forma objetiva en su creación. Ahora bien, toda bondad y belleza en las formas creadas proviene de las perfecciones de su creador que ha querido dejar así su impronta en la creatura. La belleza que el hombre puede encontrar en el mundo sensible no es más que el sello de autoría con el que Dios busca ser reconocido por esa ley natural del corazón humano que le impone la búsqueda incansable de lo perfecto.

Todo arte requiere de una “recta razón”, un principio de orden que convierta la materia informe en signo de la divina belleza, que convierta la roca en escultura, o que de las palabras obtenga un poema. En el arte de los sonidos, ese principio de orden se encuentra en las consonancias y ritmos que permiten organizar tiempos, alturas y timbres de forma armónica. Así pues, el músico católico debe entrenarse en el uso y estudio de tales consonancias y ritmos si de verdad quiere ser capaz de producir obras bellas y dignas de ser empleadas en la liturgia. Aún cuando no se trate de un compositor sino de un intérprete, nada podrá lograr sin el estudio y la práctica para el mejoramiento constante de sus habilidades.

Aquí, la tentación más común es la de la mediocridad. Sea porque la liturgia de la Iglesia tiene un carácter cíclico y recurrente, sea porque en muchas ocasiones los sacerdotes o asambleas no tienen criterios de apreciación musical, sea por la poca competencia en cuanto a calidad, es notoria en muchos músicos la tendencia a ir por lo fácil. El abandono del patrimonio musical tradicional y la introducción de lo que se conoce como “música religiosa popular” y los ritmos profanos, han contribuido a esta situación. Pudiendo sacar piezas de tres acordes en la guitarra y un estrecho registro vocal, que de paso la gente ya conoce y canta aunque lo haga mal ¿Quién optará por el esfuerzo, tanto en estudio como en práctica, que requiere preparar piezas polifónicas o de Canto Gregoriano? Respuesta: Quien de verdad ame a Dios como para ofrecerle siempre lo mejor de sí.

El cantor litúrgico debe ser católico

Esta afirmación pareciera ser una redundancia, pues dado que estamos hablando de la liturgia de la Iglesia Católica, es evidente que se espera de los músicos que participen en ella el ser también católicos (Ojo, no siempre ocurre y los resultados no han sido buenos). Aquí, el ser católico se refiere al hecho de que la liturgia, como participación del sacrificio de Cristo hacia el Padre Celestial, pertenece exclusivamente a la Iglesia Católica, en sentido universal.

En un primer sentido, todo artista católico que desea ofrecer lo mejor de su arte a Dios, necesita estudiar y profundizar en las verdades de Fe que trata de representar. Como decía el dibujante y animador argentino, Carlos Pérez Agüero: “Todo artista tiene que conocer desde el fondo – qué es lo que da realmente vida a una obra de arte – cuál es el espíritu que obra dentro de ella y le engendra. Si el espíritu católico no dio a luz verdaderamente a la obra esta no resultará sacra, no será apta ni siquiera para decorar el templo, y menos aún para acompañar la acción litúrgica. ” No basta sólo con componer o interpretar bellas melodías y motetes, se requiere que tanto el compositor como el cantante conozcan a fondo lo que la Iglesia propone y lo que la liturgia significa en cada uno de los momentos que se quiere musicalizar.

Por otra parte, aunque en el mismo orden, el artista debe reconocer que la liturgia pertenece a la Iglesia Católica y no al gusto propio o el de su comunidad parroquial. Como se dijo previamente, así como la Iglesia establece que ningún sacerdote puede alterar, modificar o suprimir a su antojo los textos o partes de la liturgia, ningún cantor litúrgico puede modificar o cambiar el texto o transgredir las exigencias formales que la Iglesia estableció para la liturgia. Con esto nos referimos a una tentación frecuente en muchas parroquias o movimientos apostólicos que excusan el uso de música y textos no apropiados para la liturgia en el simple hecho de ser esa comunidad en específico. El afecto a ciertas costumbres y excesos particulares de una comunidad religiosa, en detrimento de lo que la Iglesia Católica ha establecido como norma universal, es un peligroso conato de sectarismo y de alejamiento de la Fe Católica.

En conclusión, el cantor litúrgico debe ser santo, es decir que debe esforzarse constantemente por la purificación interior, por una aproximación humilde a su labor de músico; debe ser un verdadero artísta, y por lo tanto, ser conciente de que la dignidad de los misterios litúrgicos le exige dar siempre lo mejor de sí y trabajar sin descanso por perfeccionar su arte; y debe ser católico, debe estudiar y conocer la Fe Católica, así como las disposiciones litúrgicas para saber cumplir debidamente con aquello que la Iglesia Católica ordena. Se trata, sin lugar a dudas de un camino de humildad. Humildad para aceptar la primacía de la gracia y no vanagloriarse de lo conseguido. Humildad para reconocer lo mucho que se ha de mejorar. Humildad para someterse siempre al criterio de la Santa Madre Iglesia.

El problema actual de la mala calidad de la música en la misa

Santa Misa tradicional Música litúrgica

“La misa es una fiesta muy alegre” dice una popular canción que se escucha a menudo como canto de entrada en las misas de nuestro país. Musicalmente, la canción puede describirse perfectamente como una tonada infantil, y si de hecho se considera la pueril superficialidad de la letra, pues con mayor razón. No obstante, siempre me ha causado curiosidad el texto de la canción, porque refleja lo que muchos músicos, y los sacerdotes que permiten tales cantos, piensan y creen sobre la Santa Misa. Basta con examinar el Catecismo (nums. 1322-1419), para ver que la palabra “fiesta” no es aplicada en ninguna ocasión a la Santa Misa, y si aparece es únicamente para referirse a los “días de fiesta”. como categoría litúrgica. Tal canción es pues un síntoma evidente de por qué la música usada en las misas brilla por su pobreza y su poca correspondencia con la naturaleza de la eucaristía.

Si se piensa hoy en la música que suena en los templos católicos, probablemente lo primero en que se piensa es en el sonido de la guitarra acompañando una melodía tipo balada pop o rock suave, con una letra simplísima que muy probablemente consista en la repetición de una misma frase variando una sola palabra. Se trata, casi siempre, de una pobre imitación de géneros músicales profanos, llámese balada setentera, canción de protesta, slow rock o ronda infantil. ¿Cómo es que la Santa Misa pasó de ser el faro de belleza que iluminaba la cultura, y a quien los grandes compositores dedicaron siempre lo mejor de su talento, a convertirse en una burda imitación de un campamento de adolescentes?

Es indudable que este súbito abandono y profanación de la música liturgica está ligado con la reforma litúrgica ocurrida en 1970. Ese es el punto de inflexión que marca una ruptura con el patrimonio musical previo. La Reforma Litúrgica del posconcilio supuso un oscurecimiento de la naturaleza sacramental de la Santa Misa, y una pérdida general del sentido de lo litúrgico caracterizada por tres elementos: El abandono del Latín como idioma propio de la liturgia, el desdibujar la distinición entre lo sagrado y lo profano, y un asambleísmo que distorsiona la comprensión de la Eucaristía como acción sacramental del mismo Jesucristo a través del sacerdote.

La misa en Latín

Cierto es que según la constitución Sacrosanctum Concilium, el Latín sigue siendo el idioma propio de la Liturgia, pero no es menos cierto también que en el momento de presentar la reforma de 1970, el papa Pablo VI fue muy claro en que el Latín iba a ser remplazado por la lengua vernácula como idioma de la liturgia. Así fue entendido por las Iglesias locales, que dejaron de editar el Misal en Latín y marginaron, hasta el casi total abandono, la enseñanza del Latín en los seminarios. Poco importa que la norma mantenga el Latín como lenguaje propio de la liturgia, en la vida práctica de la Iglesia es como si tal norma no existiese.

El cambio del Latín por la lengua vernácula,  trastocó por completo la vida musical de la Iglesia. No es difícil imaginárselo si dijéramos que en todas las iglesias se hizo una pira enorme para quemar kyriales, graduales y demás libros y colecciones de canto gregoriano y polifonía sacra, porque el resultado fue exactamente el mismo: Todo lo que la Iglesia venía cantando a través de los siglos fue arrojado al olvido, el patrimonio músical de la Iglesia fue defenestrado y sustituído por composiciones nuevas, sin que el tamiz del tiempo hubiera podido separar el buen trigo del malo. Cierto es que en países como Inglaterra ya existían himnos en vernácula que fueron fácilmente incorporados, en otros casos se hicieron traducciones de himnos latinos, pero a nivel general, la tendencia fue a la instalación de la balada setentera como “género oficial” de la misa, combinada con una importación masiva de cantos protestantes.

Música sagrada vs. música profana

El abandono del Latín, junto con otros elementos semiológicos de la reforma litúrgica, hace parte de una de las notas más características de tal reforma, y, hemos de decirlo, de las más devastadoras: La disolución de la distinción entre lo sagrado y lo profano, que siempre fue esencial a las formas litúrgicas. El templo, en sí mismo, es la separación entre un espacio sagrado y el resto del mundo, y aún dentro del mismo templo, la reja del presbiterio, o en oriente el iconostasio, separa un lugar tan sagrado que, como el Sancta sanctorum del Antiguo Testamento, sólo los sacerdotes pueden entrar en él. Esa división entre el presbiterio y el resto de la nave siempre fue un signo de suprema elocuencia para la Iglesia: El presbiterio pertenecía más al Cielo que a la Tierra, y sus puertas se abrían cuando el sacerdote salía con la Sagrada Eucaristía en la mano, para distribuir entre los fieles a Dios mismo en forma de pan angélico.

Los ornamentos del sacerdote, las oraciones secretas, la “lengua muerta”, todos los signos litúrgicos eran una catequesis práctica para los fieles, de que lo que ocurría en el altar no pertenecía a este Mundo.  Lo mismo ocurre con la música litúrgica: El canto gregoriano, así como el ambrosiano, el mozárabe, o el bizantino, son géneros absolutamente ajenos a la música profana. Ésa ha sido siempre la característica esencial de la música litúrgica, y así fue confirmada por el papa San Pío X en su motu proprio Tra le Sollecitudini: “Debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo profano, y no sólo en sí misma, sino en el modo con que la interpreten los mismos cantantes.”

¿Fue esto abolido por la reforma litúrgica? A juzgar por la misa cotidiana de cualquier parroquia, la respuesta será un sí definitivo, aunque alguno señale que tal práctica nunca ha sido avalada por las normas. ¿Cómo se llegó entonces a ésto? Lo cierto es que en todas las transformaciones ordenadas por la reforma de 1970, se refleja una disolución de esta división entre lo sagrado y lo profano, en función de realzar el papel de la asamblea en la celebración litúrgica. Si pudiera resumirse el espíritu de tal reforma en una frase, no temo errar si dijera que es la siguiente: “todo en la Liturgia debe ser visto, escuchado, entendido y participado por la asamblea de los fieles”. Por eso la misa en vernácula y en voz alta, por eso el sacerdote mirando al pueblo y no al sagrario, por eso la eliminación del doble Confiteor, y por eso también el Canto Gregoriano terminó siendo sustituido por el canto popular de géneros profanos.

El “asambleísmo” de la reforma litúrgica

Todos los documentos magisteriales sobre música sacra, reconocen la primacía del Canto Gregoriano entre los diversos género de música sacra. Según la constitución Sacrosanctum Concilium, “La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.” No obstante, la misma constitución más adelante afirma, “Foméntese con empeño el canto religioso popular, de modo que en los ejercicios piadosos y sagrados y en las mismas acciones litúrgicas, de acuerdo con las normas y prescripciones de las rúbricas, resuenen las voces de los fieles.” Así mismo, bajo la lógica de la inculturación, se afirma que “hay pueblos con tradición musical propia que tiene mucha importancia en su vida religiosa y social, dése a este música la debida estima y el lugar correspondiente no sólo al formar su sentido religioso, sino también al acomodar el culto a su idiosincrasia”. Algo similar ocurre en la instrucción Musicam Sacram, que afirma que “La Iglesia no rechaza en las acciones litúrgicas ningún género de música sagrada, con tal que responda al espíritu de la misma acción litúrgica y a la naturaleza de cada una de sus partes y no impida la debida participación activa del pueblo.”

Así, la reforma elevó “la participación activa del pueblo” a principio esencial de la música litúrgica, y bajo este principio se impulsó el uso de textos simples (incluso simplones) y melodías fáciles (importadas de géneros profanos y folclóricos). Y no es que antes no fuera valorado el canto del pueblo, pero nunca se había puesto el canto del pueblo como condicionante frente al género de música sacra. “Procúrese, especialmente, que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico, como solían antiguamente”, dice el motu proprio de San Pío X. Si antes de la reforma se pedía que el pueblo fuera formado para cantar el gregoriano junto con el coro, luego de la reforma se rebajó la música litúrgica al nivel músical del pueblo.

Tras la reforma, la música litúrgica dejó de ser un vehículo de evangelización del pueblo, para convertirse en un medio de mundanización de la liturgia. Además, bajo el paradigma de la inculturación se puso una barrera a que el patrimonio musical de la Iglesia sirviera para el enriquecimiento cultural de las sociedades evangelizadas, a diferencia de como había ocurrido durante la conquista de América. Si la misa dejó de ser vista como ese misterio admirable por el que Dios se entrega a los hombres como alimento, para convertirse en una mera asamblea comunitaria con el pan como “símbolo” de la unión fraterna, no es de extrañar que el canto abandonara los himnos y cánticos compuestos por los doctores de la Iglesia, músicalizados con lo más excelente de cada periodo y género musical, para reducirse a una mera “amenización” de un evento social, mero entretenimiento para hacer la misa “menos aburrida”.

Conclusiones

San Agustín relata en sus confesiones el papel tan fuerte que tuvo el canto litúrgico en su proceso de conversión a la Fe Católica:

¡Cuánto lloré también oyendo los himnos y cánticos que para alabanza vuestra se cantaban en la iglesia, cuyo suave acento me conmovía fuertemente y me excitaba a devoción y ternura! Aquellas voces se insinuaban por mis oídos y llevaban hasta mi corazón vuestras verdades, que causaban en mí tan fervorosos afectos de piedad, que me hacían derramar copiosas lágrimas, con las cuales me hallaba bien y contento. (Lib. 9, Cap. 6)

¿Qué diría el santo obispo si se paseara hoy por alguna de nuestras parroquias? ¿Creemos realmente que alguno se convertirá escuchando “una espiga dorada por el sol” o “alabaré a mi Señor”? ¿Podemos decir con sinceridad que la música litúrgica actual transmite las Verdades de Fe que la Iglesia nos pide creer?

Así pues, se hace evidente la necesidad imperiosa de una recuperación de la música sacra, para que el patrimonio musical milenario de la Iglesia Católica vuelva a ser de uso cotidiano en la misa parroquial, y no sólo en contadas catedrales. Como se ha demostrado, esta restauración pasa necesariamente por una restauración del sentido mismo de la litúrgia y su naturaleza sacramental en la mente de los fieles, clérigos y laicos, tal como había expuesto magistralmente el papa Sarto. San Pío X presenta tres requisitos esenciales de la Música litúrgica: Debe ser santa (es decir que ha de expresar con fidelidad el contenido de la Fe, excluyendo todo lo profano), debe tener arte verdadero (es decir que musicalmente debe destacar por su calidad y excelencia), y debe ser universal (Que por su belleza ha de ser accesible a los fieles de toda la Iglesia, más allá de las diferencias culturales).

Frente a lo primero, se hace indispensable recuperar el sentido de lo sagrado en la liturgia: que los corazones estén más ad Dominum que concentrados en sus propias exigencias emocionales y sensoriales; que los cantores comprendan que la música litúrgia es la participación en los cantos que entonan los ángeles ante el trono de Dios y no la expresión de nuestra pobre espiritualidad subjetiva. Para lo segundo, es imprescindible que los sacerdotes aprendan a valorar la belleza de la música litúrgica y su imperiosa necesidad en la misa: que entiendan que la música es un arte que requiere artistas bien formados en su ejecución, y que estos artistas necesitan un sustento. No puede ser que en muchas parroquias el sacerdote se incline casi siempre por el músico aficionado y mediocre, sólo porque cobra más barato, o incluso lo hace gratis. Por último, la universalidad de la música sacra nos exige volver a la lengua latina y al patrimonio de la música sacra con el que la Iglesia ha puesto los cimientos de la música académica que hoy se estudia en todo el orbe.

Este es el propósito del proyecto Philokalia, una tarea que un grupo de jóvenes han tomado como propia, recuperando el patrimonio de canto gregoriano y polifonía sacra para que la liturgia vuelva a ser un momento sublime en que el alma se abre a los misterios celestes, gracias al servicio conjunto de las artes a Dios, de quien procede toda la belleza que se encuentra en las cosas terrestres como firma del autor sobre su obra. El alma humana busca la belleza como signo inequívoco de aquello que ha de amar, y por eso mismo, la belleza es también un camino para el conocimiento y el servicio divino. Que Dios nos ayude.

El templo: espejo de devoción

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“Todas las cosas revelan en cada una de sus propiedades la Sabiduría Divina…todas las criaturas sensibles nos conducen a Dios.”  San Buenaventura

Si hacemos una comparación entre las iglesias antiguas y las modernas encontraremos marcadas diferencias no solo en el plano estético, sino también en el conceptual, que denotarían así mismo una distinción en la forma de concebir el mundo.  El templo es el reflejo de la cosmovisión del hombre y su relación con la fe, y su devoción a Dios.

La mentalidad premoderna era simbólica; el hombre era capaz de ver los símbolos y pensar con ellos, y el símbolo era el medio de revelar las realidades espirituales de los objetos, realidades que son la imagen de la naturaleza divina.  Jean Hani, respecto al arte sagrado, dice que es una prolongación de la encarnación, de un valor casi sacramental en donde el artista no se guía por sus inspiraciones ni su personalidad, sino por la búsqueda de una forma perfecta que responda a los prototipos sagrados de inspiración celeste. La belleza es un atributo de Dios, el esplendor de su verdad, “es un reflejo de la Beatitud divina” (F. Schon). El arte nos debe conducir al Espíritu Divino y traducir su belleza en un plano sensible.

El templo es un lugar sagrado, no sólo sirve para la reunión de la asamblea sino también para predisponer a los fieles a un espíritu de devoción a lo Divino.  El término templo quiere decir separación, es decir, la iglesia separa el mundo profano de lo sagrado y el recurso que utiliza para crear el ambiente para que la Gracia se manifieste es el símbolo, tanto teológico como cosmológico. La unión de estos símbolos representa la unión de Dios y su creación, que se manifiesta en toda su magnificencia en la liturgia que no puede ser separada del templo.

Dios es el arquitecto del templo, los edificios fueron construidos según sus indicaciones (Exo. 25, 8-9) (Sab 9,8).  El templo es imagen de mundo, que es sagrado como obra de Dios.  La arquitectura divina se puede reducir a “la cuadratura del círculo”; su construcción empieza con la fijación del “omphalos”, el centro del mundo y del edificio que es el lugar en el que el hombre entra en contacto con la Divinidad.  A partir de este punto se traza un círculo, símbolo de Dios.  Un mástil clavado en el centro, proyectado por la luz del sol, indica los trazos de los puntos cardenales, creando la cruz.  Dos círculos centrados en estos puntos crean los ángulos del cuadrado, símbolo de la tierra, que servirán como bases de la nave de la iglesia.  La cruz se constituye así en el intermediario del cielo y la tierra.  Esta relación círculo-cuadrado se da en otros ámbitos.  El espacio limitado por las paredes y el techo en forma de cúpula indican nuestro camino espiritual en donde el incienso ayuda a elevar nuestras oraciones al cielo.  También lo encontramos en la nave principal que va de la puerta al ábside que es de forma semicircular y éste de cara al oriente que es el símbolo del alma que contempla el nacimiento de la verdadera luz. El templo es también imagen del cuerpo humano y como es sagrado, es imagen de Jesús:  “destruiré este templo y lo construiré en tres días”.  Según Honorio de Autun, el coro representa la cabeza de Cristo, la nave el cuerpo, el transepto los brazos y el altar mayor el corazón.

Podríamos indicar muchos más símbolos de igual maravilla como el altar, las campanas, la pila de agua bendita, los laberintos, elementos estos que han sido relegados al olvido en los templos modernos pues se ha perdido todo el lenguaje de la simbología que nos facilitaba la unión con Dios.  el Concilio Vaticano II estableció que cada diócesis debería tener al menos tres comisiones especializadas para la construcción de las iglesias: liturgia, arte sacro y música sacra, pero estas comisiones no existen o no funcionan y por eso nos encontramos con edificios que no representan la verdadera devoción que el católico debería rendirle a Dios. Cabe preguntarnos si estos templos son un reflejo de la crisis de nuestra fe.