La técnica vocal del cantor litúrgico – Introducción

técnica vocal cantor litúrgico

Quien vive del canto se asemeja mucho a un deportista: Su oficio depende de su cuerpo en gran medida, por lo que el cuidado de la salud y el entrenamiento en la técnica deben estar insertados en los hábitos y en la vida cotidiana, aún cuando durante un tiempo no vaya uno a cantar en público. Sin embargo, hay un aspecto más que el canto y el deporte comparten que se parece más a un vicio que a una virtud, y es la tendencia a buscar llegar al límite. Podríamos comparar a un atleta exageradamente musculoso, con una soprano que no puede dejar de vibrar ampliamente y cuyo volumen es siempre altísimo.

Una persona cuyo trabajo es cargar cajas pesadas, muebles, o mover contenedores, es prácticamente un levantador de pesas, pues el deporte muy probablemente se derivó del oficio. De esta forma, el concierto se derivó de ocasiones en las que la música era natural e indispensable, como lo era en la Liturgia. Si quien carga muebles y mercancía pesada tiene músculos sanamente desarrollados, es porque estos han crecido según se ha necesitado, y tanto como pueden crecer de manera natural. Es probable que alguna vez se haya instruido a esta persona en las posturas adecuadas para levantar el peso y para sostenerlo, técnica que debe compartir con el deporte de levantamiento de pesas. Estas posturas se basan también en lo que es orgánico según la conformación y el funcionamiento del cuerpo.

No obstante, en el deporte, el levantador de pesas realiza la acción para entretener a un público, así como la soprano de concierto entretiene y ameniza a un público. Para divertir y asombrar puede justificarse el buscar el virtuosismo y llevar a lo “imposible” las habilidades. El cantor litúrgico en cambio está realizando un oficio, desempeñando una labor que lejos está de entretener. ¿Cuál es la forma correcta de cantar en la liturgia entonces? No puede ser la misma que para un concierto o una ópera. Tendría que ser de forma natural, pero con la técnica que permita una mayor calidad de la voz, porque la claridad del texto y de la intención de la música priman sobre la habilidad y la grandiosidad del instrumento del individuo.

Si el levantador de mercancía levanta peso para transportarlo de un lugar a otro, el cantor litúrgico canta para comunicar y realzar lo que está sucediendo en la liturgia, por lo tanto su voz tendría que ser clara, limpia y resonante, lo suficiente para asegurarse que es escuchada y el texto comprendido.

En lo que se refiere a la técnica vocal como tal:

  • La claridad se traduce en una dicción impecable y en la correcta afinación de la música,
  • la limpieza en la ausencia de vibratto, melismas o golpes de glotis innecesarios (entre otras mañas también muy comunes),
  • y la resonancia en el entrenamiento de la proyección, es decir en lograr un brillo adecuado y un sonido redondo que rebote adecuadamente en el templo.

Estas tres caracterísiticas trabajan con cualquier tipo de voz y con cualquier calidad, sea una persona dotada de un bello timbre que con frecuencia hace solos, o una persona que afina y canta en un coro. Así como un cantante profesional o experimentado ha de limpiar y buscar la modestia con su don, un cantante aficiando no puede menos que dominar los aspectos mencionados, de lo contrario estaría haciendo un trabajo mediocre.

En esta serie de artículos profundizaré más sobre las tres caracterísiticas desde mi experiencia como cantante profesional y cantora litúrgica, y ayudaré a quien quiera mejorar su técnica vocal con algunos consejos prácticos y propuestas de hábitos sencillos. Para Dios siempre lo mejor y lo más digno, incluso a la hora de cantar.

 

 

 

Arvo Pärt: “¿Ya le has dado gracias a Dios por este fracaso?”

Arvo Pärt

Compartimos con ustedes, queridos lectores, estas palabras del reconocido compositor de Música Sacra, Arvo Pärt, con ocasión de su doctorado honoris causa, otorgado por el Seminario de Teología San Vladimir en Nueva York, en mayo de 2014. Como el video y los subtítulos están en Inglés, les ofrecemos nuestra traducción:

Por favor, permitidme algunas reflexiones de mis diarios musicales.

En el monasterio Pühtitsa, en Estonia.

“¿Ya le has dado gracias a Dios por este fracaso?” Estas palabras inesperadas fueron dichas por una pequeña niña, lo recuerdo exactamente, el 25 de julio de 1976. Yo estaba sentado en el patio del monasterio, en una banca, a la sombra de los arbustos, con mi cuaderno.
-¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás escibiendo?- la niña, que tenía alrededor de 10 años, me preguntó.
-Estoy tratando de escribir música, pero no está saliendo bien- le dije.
Y entonces, la inesperada respuesta de ella:
-¿Ya le has dado gracias a Dios de este fracaso?-

El instrumento musical más sensible es el alma humana. El siguiente es la voz humana. Uno debe purificar el alma hasta que comience a sonar. Un compositor es un instrumento musical, y a la vez, el intérprete de ese instrumento. El instrumento tiene que estar en orden para producir sonido. Uno debe empezar por ahí, no con la música. A través de la música, el compositor puede saber si su alma está afinada y en qué clave.

Dios teje al hombre dentro del vientre de su madre, lenta y sabiamente. El arte debe nacer de una forma similar, ser un mendigo cuando se trata de escribir música: lo que sea, como sea, y cuando sea, lo que Dios da. No deberíamos lamentarnos por escribir poco y pobremente, sino porque rezamos poco y pobremente, y tibiamente, y vivimos en el camino errado. El criterio debe ser siempre y únicamente la humildad.

La música es mi amiga; siempre comprensiva, compasiva, indulgente. Es un consuelo. El pañuelo para secar mis lágrimas de tristeza. La fuente de mis lágrimas de alegría. Mi liberación y mi vuelo. Pero también una espina dolorosa en mi carne y mi alma. Esto me hace sobrio y me enseña la humildad.

Gracias, perdonadme por favor.

El templo: espejo de devoción

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“Todas las cosas revelan en cada una de sus propiedades la Sabiduría Divina…todas las criaturas sensibles nos conducen a Dios.”  San Buenaventura

Si hacemos una comparación entre las iglesias antiguas y las modernas encontraremos marcadas diferencias no solo en el plano estético, sino también en el conceptual, que denotarían así mismo una distinción en la forma de concebir el mundo.  El templo es el reflejo de la cosmovisión del hombre y su relación con la fe, y su devoción a Dios.

La mentalidad premoderna era simbólica; el hombre era capaz de ver los símbolos y pensar con ellos, y el símbolo era el medio de revelar las realidades espirituales de los objetos, realidades que son la imagen de la naturaleza divina.  Jean Hani, respecto al arte sagrado, dice que es una prolongación de la encarnación, de un valor casi sacramental en donde el artista no se guía por sus inspiraciones ni su personalidad, sino por la búsqueda de una forma perfecta que responda a los prototipos sagrados de inspiración celeste. La belleza es un atributo de Dios, el esplendor de su verdad, “es un reflejo de la Beatitud divina” (F. Schon). El arte nos debe conducir al Espíritu Divino y traducir su belleza en un plano sensible.

El templo es un lugar sagrado, no sólo sirve para la reunión de la asamblea sino también para predisponer a los fieles a un espíritu de devoción a lo Divino.  El término templo quiere decir separación, es decir, la iglesia separa el mundo profano de lo sagrado y el recurso que utiliza para crear el ambiente para que la Gracia se manifieste es el símbolo, tanto teológico como cosmológico. La unión de estos símbolos representa la unión de Dios y su creación, que se manifiesta en toda su magnificencia en la liturgia que no puede ser separada del templo.

Dios es el arquitecto del templo, los edificios fueron construidos según sus indicaciones (Exo. 25, 8-9) (Sab 9,8).  El templo es imagen de mundo, que es sagrado como obra de Dios.  La arquitectura divina se puede reducir a “la cuadratura del círculo”; su construcción empieza con la fijación del “omphalos”, el centro del mundo y del edificio que es el lugar en el que el hombre entra en contacto con la Divinidad.  A partir de este punto se traza un círculo, símbolo de Dios.  Un mástil clavado en el centro, proyectado por la luz del sol, indica los trazos de los puntos cardenales, creando la cruz.  Dos círculos centrados en estos puntos crean los ángulos del cuadrado, símbolo de la tierra, que servirán como bases de la nave de la iglesia.  La cruz se constituye así en el intermediario del cielo y la tierra.  Esta relación círculo-cuadrado se da en otros ámbitos.  El espacio limitado por las paredes y el techo en forma de cúpula indican nuestro camino espiritual en donde el incienso ayuda a elevar nuestras oraciones al cielo.  También lo encontramos en la nave principal que va de la puerta al ábside que es de forma semicircular y éste de cara al oriente que es el símbolo del alma que contempla el nacimiento de la verdadera luz. El templo es también imagen del cuerpo humano y como es sagrado, es imagen de Jesús:  “destruiré este templo y lo construiré en tres días”.  Según Honorio de Autun, el coro representa la cabeza de Cristo, la nave el cuerpo, el transepto los brazos y el altar mayor el corazón.

Podríamos indicar muchos más símbolos de igual maravilla como el altar, las campanas, la pila de agua bendita, los laberintos, elementos estos que han sido relegados al olvido en los templos modernos pues se ha perdido todo el lenguaje de la simbología que nos facilitaba la unión con Dios.  el Concilio Vaticano II estableció que cada diócesis debería tener al menos tres comisiones especializadas para la construcción de las iglesias: liturgia, arte sacro y música sacra, pero estas comisiones no existen o no funcionan y por eso nos encontramos con edificios que no representan la verdadera devoción que el católico debería rendirle a Dios. Cabe preguntarnos si estos templos son un reflejo de la crisis de nuestra fe.