El problema actual de la mala calidad de la música en la misa

Santa Misa tradicional Música litúrgica

“La misa es una fiesta muy alegre” dice una popular canción que se escucha a menudo como canto de entrada en las misas de nuestro país. Musicalmente, la canción puede describirse perfectamente como una tonada infantil, y si de hecho se considera la pueril superficialidad de la letra, pues con mayor razón. No obstante, siempre me ha causado curiosidad el texto de la canción, porque refleja lo que muchos músicos, y los sacerdotes que permiten tales cantos, piensan y creen sobre la Santa Misa. Basta con examinar el Catecismo (nums. 1322-1419), para ver que la palabra “fiesta” no es aplicada en ninguna ocasión a la Santa Misa, y si aparece es únicamente para referirse a los “días de fiesta”. como categoría litúrgica. Tal canción es pues un síntoma evidente de por qué la música usada en las misas brilla por su pobreza y su poca correspondencia con la naturaleza de la eucaristía.

Si se piensa hoy en la música que suena en los templos católicos, probablemente lo primero en que se piensa es en el sonido de la guitarra acompañando una melodía tipo balada pop o rock suave, con una letra simplísima que muy probablemente consista en la repetición de una misma frase variando una sola palabra. Se trata, casi siempre, de una pobre imitación de géneros músicales profanos, llámese balada setentera, canción de protesta, slow rock o ronda infantil. ¿Cómo es que la Santa Misa pasó de ser el faro de belleza que iluminaba la cultura, y a quien los grandes compositores dedicaron siempre lo mejor de su talento, a convertirse en una burda imitación de un campamento de adolescentes?

Es indudable que este súbito abandono y profanación de la música liturgica está ligado con la reforma litúrgica ocurrida en 1970. Ese es el punto de inflexión que marca una ruptura con el patrimonio musical previo. La Reforma Litúrgica del posconcilio supuso un oscurecimiento de la naturaleza sacramental de la Santa Misa, y una pérdida general del sentido de lo litúrgico caracterizada por tres elementos: El abandono del Latín como idioma propio de la liturgia, el desdibujar la distinición entre lo sagrado y lo profano, y un asambleísmo que distorsiona la comprensión de la Eucaristía como acción sacramental del mismo Jesucristo a través del sacerdote.

La misa en Latín

Cierto es que según la constitución Sacrosanctum Concilium, el Latín sigue siendo el idioma propio de la Liturgia, pero no es menos cierto también que en el momento de presentar la reforma de 1970, el papa Pablo VI fue muy claro en que el Latín iba a ser remplazado por la lengua vernácula como idioma de la liturgia. Así fue entendido por las Iglesias locales, que dejaron de editar el Misal en Latín y marginaron, hasta el casi total abandono, la enseñanza del Latín en los seminarios. Poco importa que la norma mantenga el Latín como lenguaje propio de la liturgia, en la vida práctica de la Iglesia es como si tal norma no existiese.

El cambio del Latín por la lengua vernácula,  trastocó por completo la vida musical de la Iglesia. No es difícil imaginárselo si dijéramos que en todas las iglesias se hizo una pira enorme para quemar kyriales, graduales y demás libros y colecciones de canto gregoriano y polifonía sacra, porque el resultado fue exactamente el mismo: Todo lo que la Iglesia venía cantando a través de los siglos fue arrojado al olvido, el patrimonio músical de la Iglesia fue defenestrado y sustituído por composiciones nuevas, sin que el tamiz del tiempo hubiera podido separar el buen trigo del malo. Cierto es que en países como Inglaterra ya existían himnos en vernácula que fueron fácilmente incorporados, en otros casos se hicieron traducciones de himnos latinos, pero a nivel general, la tendencia fue a la instalación de la balada setentera como “género oficial” de la misa, combinada con una importación masiva de cantos protestantes.

Música sagrada vs. música profana

El abandono del Latín, junto con otros elementos semiológicos de la reforma litúrgica, hace parte de una de las notas más características de tal reforma, y, hemos de decirlo, de las más devastadoras: La disolución de la distinción entre lo sagrado y lo profano, que siempre fue esencial a las formas litúrgicas. El templo, en sí mismo, es la separación entre un espacio sagrado y el resto del mundo, y aún dentro del mismo templo, la reja del presbiterio, o en oriente el iconostasio, separa un lugar tan sagrado que, como el Sancta sanctorum del Antiguo Testamento, sólo los sacerdotes pueden entrar en él. Esa división entre el presbiterio y el resto de la nave siempre fue un signo de suprema elocuencia para la Iglesia: El presbiterio pertenecía más al Cielo que a la Tierra, y sus puertas se abrían cuando el sacerdote salía con la Sagrada Eucaristía en la mano, para distribuir entre los fieles a Dios mismo en forma de pan angélico.

Los ornamentos del sacerdote, las oraciones secretas, la “lengua muerta”, todos los signos litúrgicos eran una catequesis práctica para los fieles, de que lo que ocurría en el altar no pertenecía a este Mundo.  Lo mismo ocurre con la música litúrgica: El canto gregoriano, así como el ambrosiano, el mozárabe, o el bizantino, son géneros absolutamente ajenos a la música profana. Ésa ha sido siempre la característica esencial de la música litúrgica, y así fue confirmada por el papa San Pío X en su motu proprio Tra le Sollecitudini: “Debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo profano, y no sólo en sí misma, sino en el modo con que la interpreten los mismos cantantes.”

¿Fue esto abolido por la reforma litúrgica? A juzgar por la misa cotidiana de cualquier parroquia, la respuesta será un sí definitivo, aunque alguno señale que tal práctica nunca ha sido avalada por las normas. ¿Cómo se llegó entonces a ésto? Lo cierto es que en todas las transformaciones ordenadas por la reforma de 1970, se refleja una disolución de esta división entre lo sagrado y lo profano, en función de realzar el papel de la asamblea en la celebración litúrgica. Si pudiera resumirse el espíritu de tal reforma en una frase, no temo errar si dijera que es la siguiente: “todo en la Liturgia debe ser visto, escuchado, entendido y participado por la asamblea de los fieles”. Por eso la misa en vernácula y en voz alta, por eso el sacerdote mirando al pueblo y no al sagrario, por eso la eliminación del doble Confiteor, y por eso también el Canto Gregoriano terminó siendo sustituido por el canto popular de géneros profanos.

El “asambleísmo” de la reforma litúrgica

Todos los documentos magisteriales sobre música sacra, reconocen la primacía del Canto Gregoriano entre los diversos género de música sacra. Según la constitución Sacrosanctum Concilium, “La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.” No obstante, la misma constitución más adelante afirma, “Foméntese con empeño el canto religioso popular, de modo que en los ejercicios piadosos y sagrados y en las mismas acciones litúrgicas, de acuerdo con las normas y prescripciones de las rúbricas, resuenen las voces de los fieles.” Así mismo, bajo la lógica de la inculturación, se afirma que “hay pueblos con tradición musical propia que tiene mucha importancia en su vida religiosa y social, dése a este música la debida estima y el lugar correspondiente no sólo al formar su sentido religioso, sino también al acomodar el culto a su idiosincrasia”. Algo similar ocurre en la instrucción Musicam Sacram, que afirma que “La Iglesia no rechaza en las acciones litúrgicas ningún género de música sagrada, con tal que responda al espíritu de la misma acción litúrgica y a la naturaleza de cada una de sus partes y no impida la debida participación activa del pueblo.”

Así, la reforma elevó “la participación activa del pueblo” a principio esencial de la música litúrgica, y bajo este principio se impulsó el uso de textos simples (incluso simplones) y melodías fáciles (importadas de géneros profanos y folclóricos). Y no es que antes no fuera valorado el canto del pueblo, pero nunca se había puesto el canto del pueblo como condicionante frente al género de música sacra. “Procúrese, especialmente, que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico, como solían antiguamente”, dice el motu proprio de San Pío X. Si antes de la reforma se pedía que el pueblo fuera formado para cantar el gregoriano junto con el coro, luego de la reforma se rebajó la música litúrgica al nivel músical del pueblo.

Tras la reforma, la música litúrgica dejó de ser un vehículo de evangelización del pueblo, para convertirse en un medio de mundanización de la liturgia. Además, bajo el paradigma de la inculturación se puso una barrera a que el patrimonio musical de la Iglesia sirviera para el enriquecimiento cultural de las sociedades evangelizadas, a diferencia de como había ocurrido durante la conquista de América. Si la misa dejó de ser vista como ese misterio admirable por el que Dios se entrega a los hombres como alimento, para convertirse en una mera asamblea comunitaria con el pan como “símbolo” de la unión fraterna, no es de extrañar que el canto abandonara los himnos y cánticos compuestos por los doctores de la Iglesia, músicalizados con lo más excelente de cada periodo y género musical, para reducirse a una mera “amenización” de un evento social, mero entretenimiento para hacer la misa “menos aburrida”.

Conclusiones

San Agustín relata en sus confesiones el papel tan fuerte que tuvo el canto litúrgico en su proceso de conversión a la Fe Católica:

¡Cuánto lloré también oyendo los himnos y cánticos que para alabanza vuestra se cantaban en la iglesia, cuyo suave acento me conmovía fuertemente y me excitaba a devoción y ternura! Aquellas voces se insinuaban por mis oídos y llevaban hasta mi corazón vuestras verdades, que causaban en mí tan fervorosos afectos de piedad, que me hacían derramar copiosas lágrimas, con las cuales me hallaba bien y contento. (Lib. 9, Cap. 6)

¿Qué diría el santo obispo si se paseara hoy por alguna de nuestras parroquias? ¿Creemos realmente que alguno se convertirá escuchando “una espiga dorada por el sol” o “alabaré a mi Señor”? ¿Podemos decir con sinceridad que la música litúrgica actual transmite las Verdades de Fe que la Iglesia nos pide creer?

Así pues, se hace evidente la necesidad imperiosa de una recuperación de la música sacra, para que el patrimonio musical milenario de la Iglesia Católica vuelva a ser de uso cotidiano en la misa parroquial, y no sólo en contadas catedrales. Como se ha demostrado, esta restauración pasa necesariamente por una restauración del sentido mismo de la litúrgia y su naturaleza sacramental en la mente de los fieles, clérigos y laicos, tal como había expuesto magistralmente el papa Sarto. San Pío X presenta tres requisitos esenciales de la Música litúrgica: Debe ser santa (es decir que ha de expresar con fidelidad el contenido de la Fe, excluyendo todo lo profano), debe tener arte verdadero (es decir que musicalmente debe destacar por su calidad y excelencia), y debe ser universal (Que por su belleza ha de ser accesible a los fieles de toda la Iglesia, más allá de las diferencias culturales).

Frente a lo primero, se hace indispensable recuperar el sentido de lo sagrado en la liturgia: que los corazones estén más ad Dominum que concentrados en sus propias exigencias emocionales y sensoriales; que los cantores comprendan que la música litúrgia es la participación en los cantos que entonan los ángeles ante el trono de Dios y no la expresión de nuestra pobre espiritualidad subjetiva. Para lo segundo, es imprescindible que los sacerdotes aprendan a valorar la belleza de la música litúrgica y su imperiosa necesidad en la misa: que entiendan que la música es un arte que requiere artistas bien formados en su ejecución, y que estos artistas necesitan un sustento. No puede ser que en muchas parroquias el sacerdote se incline casi siempre por el músico aficionado y mediocre, sólo porque cobra más barato, o incluso lo hace gratis. Por último, la universalidad de la música sacra nos exige volver a la lengua latina y al patrimonio de la música sacra con el que la Iglesia ha puesto los cimientos de la música académica que hoy se estudia en todo el orbe.

Este es el propósito del proyecto Philokalia, una tarea que un grupo de jóvenes han tomado como propia, recuperando el patrimonio de canto gregoriano y polifonía sacra para que la liturgia vuelva a ser un momento sublime en que el alma se abre a los misterios celestes, gracias al servicio conjunto de las artes a Dios, de quien procede toda la belleza que se encuentra en las cosas terrestres como firma del autor sobre su obra. El alma humana busca la belleza como signo inequívoco de aquello que ha de amar, y por eso mismo, la belleza es también un camino para el conocimiento y el servicio divino. Que Dios nos ayude.