El templo: espejo de devoción

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“Todas las cosas revelan en cada una de sus propiedades la Sabiduría Divina…todas las criaturas sensibles nos conducen a Dios.”  San Buenaventura

Si hacemos una comparación entre las iglesias antiguas y las modernas encontraremos marcadas diferencias no solo en el plano estético, sino también en el conceptual, que denotarían así mismo una distinción en la forma de concebir el mundo.  El templo es el reflejo de la cosmovisión del hombre y su relación con la fe, y su devoción a Dios.

La mentalidad premoderna era simbólica; el hombre era capaz de ver los símbolos y pensar con ellos, y el símbolo era el medio de revelar las realidades espirituales de los objetos, realidades que son la imagen de la naturaleza divina.  Jean Hani, respecto al arte sagrado, dice que es una prolongación de la encarnación, de un valor casi sacramental en donde el artista no se guía por sus inspiraciones ni su personalidad, sino por la búsqueda de una forma perfecta que responda a los prototipos sagrados de inspiración celeste. La belleza es un atributo de Dios, el esplendor de su verdad, “es un reflejo de la Beatitud divina” (F. Schon). El arte nos debe conducir al Espíritu Divino y traducir su belleza en un plano sensible.

El templo es un lugar sagrado, no sólo sirve para la reunión de la asamblea sino también para predisponer a los fieles a un espíritu de devoción a lo Divino.  El término templo quiere decir separación, es decir, la iglesia separa el mundo profano de lo sagrado y el recurso que utiliza para crear el ambiente para que la Gracia se manifieste es el símbolo, tanto teológico como cosmológico. La unión de estos símbolos representa la unión de Dios y su creación, que se manifiesta en toda su magnificencia en la liturgia que no puede ser separada del templo.

Dios es el arquitecto del templo, los edificios fueron construidos según sus indicaciones (Exo. 25, 8-9) (Sab 9,8).  El templo es imagen de mundo, que es sagrado como obra de Dios.  La arquitectura divina se puede reducir a “la cuadratura del círculo”; su construcción empieza con la fijación del “omphalos”, el centro del mundo y del edificio que es el lugar en el que el hombre entra en contacto con la Divinidad.  A partir de este punto se traza un círculo, símbolo de Dios.  Un mástil clavado en el centro, proyectado por la luz del sol, indica los trazos de los puntos cardenales, creando la cruz.  Dos círculos centrados en estos puntos crean los ángulos del cuadrado, símbolo de la tierra, que servirán como bases de la nave de la iglesia.  La cruz se constituye así en el intermediario del cielo y la tierra.  Esta relación círculo-cuadrado se da en otros ámbitos.  El espacio limitado por las paredes y el techo en forma de cúpula indican nuestro camino espiritual en donde el incienso ayuda a elevar nuestras oraciones al cielo.  También lo encontramos en la nave principal que va de la puerta al ábside que es de forma semicircular y éste de cara al oriente que es el símbolo del alma que contempla el nacimiento de la verdadera luz. El templo es también imagen del cuerpo humano y como es sagrado, es imagen de Jesús:  “destruiré este templo y lo construiré en tres días”.  Según Honorio de Autun, el coro representa la cabeza de Cristo, la nave el cuerpo, el transepto los brazos y el altar mayor el corazón.

Podríamos indicar muchos más símbolos de igual maravilla como el altar, las campanas, la pila de agua bendita, los laberintos, elementos estos que han sido relegados al olvido en los templos modernos pues se ha perdido todo el lenguaje de la simbología que nos facilitaba la unión con Dios.  el Concilio Vaticano II estableció que cada diócesis debería tener al menos tres comisiones especializadas para la construcción de las iglesias: liturgia, arte sacro y música sacra, pero estas comisiones no existen o no funcionan y por eso nos encontramos con edificios que no representan la verdadera devoción que el católico debería rendirle a Dios. Cabe preguntarnos si estos templos son un reflejo de la crisis de nuestra fe.